Chile necesita educar para la paz y en derechos humanos

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derechos humanos

Los índices de violencia se han incrementado en nuestro país (en los últimos años- meses) siendo una problemática importante que debemos resolver como sociedad en su conjunto.  

Desde mi rol académico y profesional propongo promover la educación para la paz y en derechos humanos en nuestro sistema formativo (formal e informal).

La educación para la paz y en derechos humanos debe construir nuevos significados de convivencia entre los integrantes de la comunidad, lo que implica formar ciudadanos de acuerdo con un modelo de sociedad y de persona basado en valores y principios democráticos que promuevan la convivencia pacífica. 

Educar para la paz y en derechos humanos “supone educar desde y para unos determinados valores, tales como la justicia, la cooperación, la solidaridad, el desarrollo de la autonomía personal y la toma de decisiones, etc., al mismo tiempo que se cuestionan aquellos que son antitéticos a la cultura de la paz, como son la discriminación, la intolerancia, el etnocentrismo, la obediencia ciega, la indiferencia e insolidaridad, el conformismo, etc.” (Díaz, Reche & Lucena, 2008, p.8).

Para Cerdas-Agüero (2015) “la educación para la paz también sensibiliza y dirige a pensar, visualizar y vivir de una nueva forma las relaciones humanas, en las cuales aprendamos a vivir junto a los demás individuos, con otras personas y para las otras, así como desarrollar las capacidades personales, ejercer las libertades, actuar con autonomía, asumir responsabilidades y crecer en la solidaridad, la esperanza y el amor humano” (p. 139).

De acuerdo con lo planteado, la “educación para la paz y en derechos humanos” debe ser concebida como un proceso de formación en la adquisición de valores y principios para la práctica y la acción, es decir, para la vida. 

Por lo general, la concepción de “paz” predominante en el mundo “continúa siendo la occidental, heredada del concepto de pax romana: ausencia de conflictos bélicos” (Díaz, Reche & Lucena, 2008, p.7). Esta concepción de la “paz” es insuficiente y obsoleta frente a las problemáticas y demandas de la sociedad del siglo XXI. 

Por esta razón, la “paz” no debe ser entendida desde el punto de vista de un estado de perfección o modelo a seguir en todo contexto o situación. Por lo contrario, se debe comprender la “concepción de paz” desde la dimensión cotidiana, humana y permanente de los ciudadanos en prevenir y gestionar sus propios conflictos. 

El conflicto es parte de la naturaleza del ser humano y de su interacción con el otro/a, mediado por intereses, necesidades y cosmovisiones que presentan las personas o los diversos grupos humanos. Francisco A. Muñoz plantea el concepto de “paz imperfecta” debido a que la paz es dinámica, procesual e inacabada. De modo que “la capacidad de movilización de la paz imperfecta crece en la medida en que acepta y conecta con la imperfección de la realidad y, por tanto, puede hacer propuestas de transformación hacia situaciones más pacíficas” (Muñoz, 1998, p. 13).

En relación con lo expuesto, el conflicto es un “proceso interactivo” que ocurre en un contexto especifico, por lo tanto, “es una construcción social, una creación humana, diferenciada de la violencia (puede haber conflicto sin violencia, aunque no violencia sin conflicto), que puede ser positivo o negativo según cómo se aborde y termine” (Fisas, 2006, p 30). 

Para Tuvilla (2004) el conflicto “desde el punto de vista positivo, es el motor del cambio social y sus efectos siempre que sepamos gestionarlo bien permiten establecer relaciones cada vez más cooperativas” (p. 24). Por consiguiente, el conflicto es una oportunidad significativa de aprendizaje y de transformación social desde la dimensión individual y colectiva. 

En definitiva, la construcción de la paz requiere del compromiso de cada integrante de la sociedad, debido a que es un proceso colectivo, dinámico e inacabado. De modo que, los procesos formativos en educación para la paz y en derechos humanos proporcionan un universo de ventajas que fortalecen el “buen vivir” de la comunidad

Es así, como el ser humano mediante sus procesos formativos llega a entender y comprender la realidad, acercarse, explorarla y al mismo tiempo aclarar su visión de mundo respondiendo a sus exigencias. Es preciso señalar, que la promoción de la Cultura de Paz es un trabajo colectivo que involucra la participación activa de la familia, de las instituciones educativas y del Estado. Por ende, la educación para la paz y en derechos humanos exige ciudadanos reflexivos, proactivos, autónomos y responsables con el otro/a. 

De acuerdo con lo anterior, la educación es valiosa para el desarrollo de la cultura para la paz, en cuanto hace al otro consciente de sí mismo y del mundo en que vive. Desarrolla la autonomía junto con la capacidad de “toma de decisión” frente a la problemática en que se sitúa, puesto que “ha de fomentar la capacidad de apreciar el valor de la libertad y las aptitudes que permitan responder a sus retos. Ello supone que se prepare a los ciudadanos para que sepan manejar situaciones difíciles e inciertas, prepararlos para la autonomía y la responsabilidad individuales. Esta última ha de estar ligada al reconocimiento del valor del compromiso cívico, de la asociación con los demás para resolver los problemas y trabajar por una comunidad justa, pacífica y democrática”. (Tuvilla Rayo, 2004, p. 403).  

En efecto, la educación para la paz y en derechos humanos empodera a las personas (o colectivos) para afrontar sus vidas ante cualquier situación conflictiva desde la no violencia y la resolución pacífica de los conflictos incentivando el bien común. 

En concreto, se hace un llamado a las autoridades y a los profesionales de la educación para reflexionar sobre nuestro currículum nacional de enseñanza e incorporar la educación para la paz y en derechos humanos dentro de sus procesos formativos.

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