martes, agosto 9, 2022
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Profesores y profesoras: ¿qué oportunidades nos brinda el fin del SIMCE?

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Fuente: Ciper

«Podemos transitar desde la “prueba con nota” como momento final de la unidad de aprendizaje y mecanismo de presión o estímulo hacia una valoración del aprendizaje por sí mismo, educando desde pequeños/as que lo importante es aprender e ir progresando, y no la calificación que se obtenga a fin de mes.»

El ministro de Educación ha anunciado el fin del SIMCE como sistema, que es mucho más que algunas inofensivas pruebas cada año. Al contrario de lo que han querido hacer creer algunos de sus defensores, su fin no quiere decir dejar de obtener información sobre calidad o lo que ocurre en las escuelas. Por lo demás, insinuar que tal iniciativa se debe a una conspiración del Colegio de Profesores es una burla a docentes, directivos e investigaciones al respecto.

Sin el SIMCE de por medio, profesores y profesoras tendrán más posibilidades de llevar al aula aquello que antes estuvo obstaculizado por el sistema y la presión de sus altas consecuencias. Aunque no fuera ilegal el intento de implementar acciones como las que se describen a continuación, en el terreno escolar el SIMCE ha sido un impedimento para su aplicación sostenida, en contra de los anhelos de muchos docentes.

Se puede comenzar por volver a parvularizar prekinder y kinder en los colegios, concentrándose en los objetivos integrales de educación parvularia, estimulando habilidades propicias para la edad, reinsertando el juego como principio orientador para responder a la curiosidad de los párvulos en contextos lúdicos y acogedores, respetando sus ritmos de aprendizaje y las necesidades infantiles que no desaparecen al ponerse el uniforme y entrar al aula. Ya no se tienen que aprovechar esos dos años para que se gradúen de kínder leyendo, ni apurar el tranco con miras a la recepción de contenidos segmentados y descontextualizados, que en cuatro años más serán juzgados y le otorgarán una clasificación a la unidad educativa. No es malo per se que aprendan a leer antes de los seis años, pero pretender lograrlo de manera masiva, no se hace cargo de la diversidad en madurez y ritmos de desarrollo. Por lo tanto, se descuidan aprendizajes transversales y se presiona a niños y familias que les cuesta ir al ritmo «normal» esperado por los colegios; generando en algunos estudiantes, frustración y rechazo por estas formas de aprender.

Se puede enfatizar la evaluación formativa, desestimando la tendencia a concebir la evaluación como un fenómeno distinto y atemporal a la enseñanza. Lo anterior es respaldado por el Decreto 67 de 2018. Podemos transitar desde la «prueba con nota» como momento final de la unidad de aprendizaje y mecanismo de presión o estímulo para ir avanzando en contenidos medidos por el SIMCE, hacia una valoración del aprendizaje por sí mismo, educando desde pequeños/as en que lo importante es aprender e ir progresando, y no la calificación que se obtenga a fin de mes. Para lograrlo es oportuno transmitir a las familias el cambio de paradigma y que su foco no sea la calificación, sino el aprendizaje.

Se podrá innovar con mayor tranquilidad en la enseñanza. Por ejemplo, aprendizajes basados en proyectos (ABP), redes de tutoría y actividades interdisciplinares de aprendizaje; todas prácticas con ejemplos positivos de implementación por la interacción y rol activo de los estudiantes. Se deberán incorporar prácticas basadas en evidencia educativa, cuyo desarrollo es a veces más lento, pues los docentes no estarán contra el tiempo para lograr la cobertura curricular medida, lo que se traducía en «pasar la materia» a toda costa y seguir avanzado con poco espacio para la retroalimentación.

Quienes hemos trabajado en aula y experimentamos percibir el manejo de grupo o tiempo dedicado a la disciplina como un obstáculo para el desarrollo de los objetivos, podremos reflexionar los márgenes del concepto «buena conducta», atendiendo la naturaleza inquieta y atención variable de los estudiantes. Es relevante involucrarlos en la comprensión de la sana convivencia y no solo inhibir por medio de sanciones las conductas no deseadas. Es de esperar que cuando los estudiantes se involucren activamente, se interesen por lo que están aprendiendo y le encuentren sentido aquí y ahora al aprendizaje, su disposición sea favorable, tal como muestran experiencias en asignaturas que sí les gustan o talleres que hoy son voluntarios. Niños y niñas quieren aprender, y nacen con estructuras necesarias para hacerlo ―con variedad de ritmos, claro está―, pero ya no será conveniente que sean receptores pasivos del contenido.

También se podrá desempolvar el libro de Mabel Condemarín y Alejandra Medina del año 2000, y rescatar la evaluación auténtica de aprendizajes. Se podrán desarrollar rúbricas en cuya confección participen los estudiantes, pues podemos ir con más calma desarrollando aprendizajes significativos, entregando retroalimentación a tiempo para la mejora, puesto que sin la presión de tener que llegar a noviembre con cierta cobertura para rendir el SIMCE, se podrán trabajar y evaluar los objetivos hasta que sean realmente aprendidos. Profesoras/es de primer ciclo podrán concentrarse más en la comprensión lectora, habilidad fundamental para el desarrollo actual y futuro. Podrán retroceder un paso y avanzar dos, si es necesario, trabajando con textos a elección de estudiantes y sus familias, para velar porque se involucren emocionalmente e incentivar la lectura comprensiva. No será necesario hacer leer principalmente contenido evaluado por el SIMCE para sumar algunos puntos, sino que se podrá trabajar en profundidad la habilidad combinada con el interés del estudiante. De esta manera, también seremos más respetuosos de estudiantes con necesidades educativas especiales, incluyéndolos, más que integrándolos, en el proceso con sus compañeros y compañeras de curso.

Las escuelas podrán además equilibrar la distribución del currículum según sus intereses, sellos educativos y necesidades. Superado el peak de la pandemia, y atendiendo a la ola de violencia que estamos viviendo, conviene aumentar horas de arte, teatro, educación física, talleres de oficios, música y proyectos colectivos que favorezcan el desarrollo integral y saludable. Investigaciones y experiencias pedagógicas han encontrado relaciones positivas entre varias de estas actividades y la mejora de memoria, desarrollo cognitivo, prevención de la ansiedad y depresión, beneficios que también incrementan la disposición del cerebro al aprendizaje de otras disciplinas.

Sobre todo, en contextos de mayor vulnerabilidad donde el efecto escuela debe ser mayor, conviene que las comunidades identifiquen habilidades de manera contextualizada y conversen cuáles priorizar, a qué edad biológica trabajarlas y cuáles son más importantes. Las necesidades son distintas, y no es justo que desde la autoridad se les fuerce a concentrarse en aquellas medidas por el SIMCE ―aunque importantes, por cierto―, en los mismos términos esperados para estudiantes con nivel socioeconómico y capital cultural más alto o mayor apoyo familiar (quienes, posiblemente, vivencian menos situaciones traumáticas en sus hogares). No bastaba con el «ajuste» de estos criterios para la clasificación en categorías de desempeño.

También podrán aumentar horas de orientación y dirigir con las efemérides mejoras de la convivencia (Día de la no discriminación, del medioambiente, la paz, etc.), pues no tendrán los profesores/as solo que «aprovechar el tiempo al máximo» para abarcar las asignaturas medidas por el SIMCE.

Por último, el fin del SIMCE también facilita la incorporación de metodologías alternativas en el aula, integrando estrategias de los métodos Montessori, Waldorf o Lefevre Lever, por nombrar algunos que no responden a cobertura curricular tradicional. Su incorporación voluntaria, conjunta reflexión y capacitación de docentes, será posible en el contexto de la educación tradicional, pues aún no hay señales de que las escuelas alternativas como tales obtengan reconocimiento oficial y subvención del Estado para que puedan llegar a atender a familias de menores recursos impedidas de pagar por estas metodologías en escuelas privadas.

Implementar este listado de ejemplos requiere una transición desde el paradigma de competencia y apuro por la cobertura curricular, hacia la estimulación y valoración del aprendizaje, que mientras a menor edad se dé, más posibilidades tiene de lograrse, pues supone liderar un cambio cultural con las familias.

No será fácil, pues los efectos nocivos del SIMCE inevitablemente se han traspasado a los docentes, quienes han desarrollado sus labores acostumbrados a las presiones mencionadas. No obstante, el deseo de hacer mejor pedagogía y poder incorporar nuevos conocimientos sigue presente. Hoy tenemos la oportunidad de ampliar el concepto de calidad, confiar en los y las docentes, en sus capacidades, prácticas y reflexiones críticas, pues no somos meros instrumentalizadores del currículum propuesto. Hay que estar a la altura del momento, y confío que así será. No podemos seguir haciendo lo mismo si queremos resultados diferentes; los estudiantes y el contexto han cambiado.

Como se aprecia, la eliminación del SIMCE no tendrá efectos positivos automáticos, pero abrirá la puerta para ellos. Requerirá de nosotros profesores/as reflexionar, adaptarnos, respirar profundo y encontrarle mayor sentido a los aprendizajes, conforme a las necesidades e intereses de estudiantes y del país que seguimos construyendo, cuyo desarrollo ―y no solo el currículum tradicional― es el núcleo del quehacer pedagógico. Equipos directivos, sostenedores y autoridades deberán liderar y generar condiciones para que esto ocurra, considerando que la nueva manera de medición de la calidad incentive desarrollar buenas prácticas respaldadas para el aprendizaje y educación integral.

El fin del SIMCE sin duda presenta más oportunidades que desafíos. Esperemos que otras políticas ―como financiamiento de horas no lectivas, mejoras en equipos de apoyo y reducción del número de estudiantes por aula de acuerdo a estándares internacionales― vayan en línea con apoyar esta excelente iniciativa que el actual ministro y gobierno a buena hora han anunciado, después de años de espera.

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