Una profesora estrella

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ganadora del Global Teacher Prize Chile 2021

Antonia Domeyko – El Mercurio | Revista Sábado

En su casa en Vicuña, donde comienza el Valle del Elqui, Maritza Arias, 43 años, profesora de Matemáticas, se instala por las noches luego de su jornada laboral, a mirar el cielo. Tiene seis telescopios, entre ellos uno solar y otro profesional. También cinco binoculares.

Cuando mira el cielo estrellado, dice, literalmente lo lee. Reconoce la diferencia entre una estrella y un planeta; identifica las constelaciones visibles en las distintas épocas del año; detecta cuando hay presencia de un objeto diferente, como un cometa; y distingue la Eclíptica, que corresponde a la línea por donde transita el sol.

Vivir bajo el cielo del Valle del Elqui y transmitir y enseñar la ciencia de la Astronomía fue siempre un sueño para ella, que ha pasado gran parte de su vida contemplando el firmamento e intentando comprenderlo.

De niña buscaba sobre el tema en enciclopedias; luego encontró respuestas en los números, mientras estudiaba Matemáticas en la Universidad de Concepción; y, más tarde, se capacitó tomando todas las opciones que encontró: asistió durante seis años a la Escuela de verano de Astronomía para profesores en la misma universidad donde estudió, sacó un postítulo en Astronomía Observacional de la Universidad Internacional de Valencia, un diplomado en Astronomía General en la Universidad Andrés Bello, y se ganó una beca de la Universidad de Heidelberg, donde obtuvo una certificación en Didáctica de la Astronomía.

—Mis pasiones siempre han sido el cielo, los números y enseñar —explica Maritza.

Sin embargo, durante sus primeros 10 años como profesora, mientras vivía en Concepción y a pesar de sus constantes capacitaciones, la oferta laboral solo le permitía dedicarse a enseñar Matemáticas. Dice que conseguir trabajo estable era difícil. Pasó por dos liceos, un colegio particular subvencionado y otro particular, y finalmente terminó haciendo clases en un preuniversitario.

—Era lo que había… y trabajaba ahí porque era difícil encontrar más oportunidades. Pero de a poco empecé a planear en mi mente la idea de que tenía que salir de ahí.

Sus planes se concretaron el verano de 2014, cuando se enteró por un grupo de profesores en Facebook que había una vacante para profesora de Matemáticas en el Colegio Leonardo Da Vinci en Vicuña. Mandó su currículum y la aceptaron. A los pocos días partió con su hijo, en ese entonces de 10 años, y sus maletas. Como aún no tenían donde vivir, llegaron a una Casa del Profesor del Colegio de Profesores, que funcionaba como pensión.

—Fue difícil separarme de mi familia y adaptarnos con mi hijo, pero yo llevaba mucho tiempo soñando que iba despertar en la mañana e iba a ver por la ventana el sol saliendo con un cielo totalmente despejado, con esas montañas de color marrón, con los cactus. Y al llegar allá fue totalmente como me lo imaginaba, incluso fue mejor. Yo iba con una meta muy clara: hacer clases de Astronomía. Se lo planteé a la directora, le dije que me había preparado para esto y ella aceptó. Así de a poco fui rescatando mi sueño — dice Maritza sentada en un camarín de TVN, donde acaba de recibir el premio Global Teacher Prize Chile 2021, organizado por Elige Educar y Varkey Foundation, conocido como el “Nobel de la educación”, por su trabajo como profesora de Matemáticas y Astronomía.

En la comuna de Renaico, la más al norte de la Región de la Araucanía, creció Maritza. Vivía con su mamá, sus dos hermanos menores y sus abuelos maternos. Su abuelo trabajaba para el dueño de un fundo y su madre y su abuela cultivaban la huerta, cuidaban animales y vendía huevos y queso a las pocas personas que pasaban por ahí. La casa quedaba en pleno campo, en un sector donde ni si quiera llegaba la energía eléctrica.

—Viví ahí hasta los 15 años y, hasta ese momento, solamente conocí la luz de las estrellas —recuerda Maritza.

En las noches, desde la oscuridad de su casa, el cielo le llamaba la atención. Tiene el recuerdo de su madre apuntando a la Vía Láctea o a las Tres Marías; o de cuando tenía ocho años y se pasó toda la noche afuera de su casa esperando que pasara el Cometa Halley, pero que finalmente nunca encontró. O de los días de invierno cuando volvía con sus hermanos de la escuela rural y se hacía de noche, y las únicas luces en el camino de tierra eran las del cielo. Dos horas se demoraban en recorrer los tres kilómetros que distanciaban su casa de la escuela. Gran parte del trayecto ella miraba hacia el cielo.

—Yo le preguntaba a mi mamá por las estrellas y me respondía dentro de lo que ella podía saber, lo que se escuchaba popularmente. Por ejemplo, que cuando veías una estrella fugaz se decía que se moría una persona, y yo estaba segura de que eso era así. También me acuerdo perfectamente cuando mi abuelita decía “se corrió una estrella” o “se murió una estrella”. Mucho tiempo después aprendí que ver morir una estrella es algo que prácticamente no hemos visto nunca desde acá.

Cuando a su madre se le acabaron las respuestas para todas las preguntas que ella hacía empezó a leer los libros desgastados que había en su casa y algunos suplementos de Icarito. También empezó a hacer preguntas en la escuela, pero no recibía lo que esperaba, a pesar de que Maritza cuenta que ella fue la mejor alumna del curso desde primero hasta octavo básico.

—Mi escuela era muy precaria, los niños iban con chanclas y llevaban los cuadernos en bolsas de nylon. El sistema no se esforzaba mucho en que esos niños pudieran salir adelante a través del conocimiento. Mi mamá le dijo a mi profe jefe de octavo que yo tenía grandes aspiraciones, pero que siempre me enseñaban lo mismo, y al final eso me jugó un poco en contra, porque ellos nivelaban para abajo. Yo era una niñita con un poco más de habilidad y no me potenciaron en realidad; creo que eso es una precariedad.

Sin embargo, cuenta Maritza, admiraba a sus profesores y desde muy chica sabía que ella iba a enseñar también, aunque en esa aspiración tampoco la apoyaban en su escuela.

—Cuando yo manifestaba mi interés por la educación siempre me decían que no, que tal vez yo tenía habilidades para otras cosas, porque siempre fui muy buena en matemáticas. Me decían que no lo hiciera, porque es una carrera muy ingrata. Pero como a mí me gustan los desafíos, mientras más me decían que no, más ganas me daban de estudiar eso.

Al egresar de octavo, entró al Liceo Comercial de Angol. Los dos primero años su familia seguía viviendo en el campo, por lo que para llegar allá debía levantarse a las cinco de la mañana, caminar hasta donde estaba su escuela rural y luego tomar una micro. Finalmente su madre decidió trasladarse con sus hijos a la ciudad y trabajar para subsistir allá; primero, como asesora del hogar y, más tarde, como maestra de cocina.

En el liceo, Maritza tomó la especialidad de “ventas y publicidad”. A pesar de que lo suyo eran las matemáticas, cuenta que pensó que esta especialidad podría ayudarla en su camino hacia la pedagogía.

—Pensé que así podía desarrollar mi personalidad, mi temple, y me sirvió, porque yo era una niña del campo, que no tenía mucha comunicación o mucho roce con las personas. En el liceo pasaba la mayor parte del tiempo exponiendo delante del curso y haciendo simulaciones de ventas. Fue una gran experiencia para después llegar a pedagogía.

Entre los estudiantes de su especialidad, dice que ella era la que más sabía de matemáticas, por lo que muchos le pedían ayuda, hasta que finalmente decidió hacer un reforzamiento para sus compañeros, y el colegio le facilitó una sala.

—Siendo alumna empecé por primera vez a hacer clases. Como me tenía que vestir con ropa formal para las simulaciones de las ventas, había muchos días de la semana en que yo andaba con ropa formal y los profesores me decían “¡Hola colega!”.

Maritza egresó como la mejor de su especialidad para luego entrar a estudiar Matemáticas y Física a la Universidad de Concepción. En el primer semestre se dio cuenta de lo desnivelada que estaba en comparación a sus compañeros. En “ventas y publicidad” solo tenía tres horas a la semana de matemáticas y nunca tuvo clases de Física.

—Para mí fue un trabajo doble o triple, porque tenía que llegar a la pensión donde vivía a estudiar por mi cuenta todo lo que no había podido aprender antes.

Por su cuenta también, en la universidad, comenzó a leer y aprender sobre Astronomía con mayor profundidad. Descubrió, por ejemplo, lo que realmente eran las estrellas fugaces que veía con su mamá en las noches en el campo.

—Cuando entré a la universidad recién empecé a interiorizar y lograr entender muchas más cosas. Fue un despegue para mí.

Con un taller de cohetería Maritza logró impresionar a los alumnos del Colegio Leonardo Da Vinci cuando llegó el año 2014. Fue en la semana de la ciencia, y lo que construyeron en su taller fueron cohetes de agua, hechos a partir de una botella reciclada. Maritza, a través de un sistema de lanzadera, le mostró a los niños y niñas cómo las naves artesanales creadas por ellos podían salir proyectadas hacia el cielo.

Antes de llegar a Vicuña, a pesar de no haber podido hacer clases de Astronomía en los liceos en los que estuvo, sí dedicó su tiempo libre para desarrollar su afición por esta ciencia. Recién egresada como pedagoga creó un Club de Astronomía, en el que con cinco amigos se reunían una vez al mes a hablar sobre algún planeta o constelación, o conseguían un telescopio y partían a algún cerro cercano a contemplar el cielo. Unos años después, en 2011, Maritza transformó el club en la Comunidad Astronómica Aficionada Chilena, crearon redes sociales, un sitio web, y comenzaron a organizar campamentos de verano de Astronomía, a los que asisten en promedio 70 personas. Como directora de la organización conseguía material didáctico que ofrecían fundaciones y también invitaba a expertos que fueran a exponer. Uno de ellos era un experto en cohetería, y de ahí sacó la idea para su taller en la escuela.

—Fue genial, los niños no habían visto jamás un taller de cohete y lo lanzábamos con el agua, hacían toda una explosión y volaban súper alto —cuenta Maritza.

Recuerda que en la actividad, un niño quedó impresionado. Al principio no se atrevía a acercarse, hasta que finalmente le preguntó a Maritza cómo armaba la lanzadera para propulsar las naves. Después de eso, el niño su sumó a todas las iniciativas que la profesora instauró en el colegio, como la Academia de Astronomía, los paseos al Observatorio Tololo, al Observatorio Cruz del Sur en Combarbalá, al Observatorio La Silla, al Observatorio Mamalluca, entre otros, además de tomar los electivos de Astronomía que ofrecía Maritza a los primeros y segundos medios. Y, por fuera de la escuela, se incorporó también a la comunidad de aficionados y ha asistido a los campamentos. En dos días más, ese estudiante dará la Prueba de Transición Universitaria, esperando conseguir el puntaje para entrar a Astronomía.

Él ha sido uno de los más interesados en la ciencia, cuenta Maritza, y explica que, a pesar de que muchos se inscriben en la Academia de Astronomía, hacerse un espacio en el colegio y motivar a los estudiantes en un comienzo no fue tan fácil considerando que la vulnerabilidad supera el 90 por ciento.

—El primer año fue bastante difícil, hasta lágrimas derramé. Me costó poder adaptarme porque es un contexto totalmente diferente por la vulnerabilidad de estos niños, tienen esta carencia de afecto, uno ve que hay cierto abandono emocional. La alta vulnerabilidad obliga a que desarrolles estas habilidades de llegar a ellos, pero a través de una cosa más personal, que ellos sientan que como profesora estás preocupada de lo que les ocurre para así lograr que se empoderen, promover las oportunidades y decirles “tú eres capaz, mira lo que has hecho y cuánto más podrías hacer” —relata Maritza.

Explica también que muchos apoderados del colegio trabajan como temporeros para las viñas o en turismo. En ambos trabajos los ingresos varían según la época del año, lo que afecta económicamente a muchas familias.

—Esa precariedad y carencias económicas se notan. Yo les preguntó ¿cuántos de ustedes sienten hoy que tienen un problema? y todos levantan la mano, es impresionante. Y luego pregunto ¿cuántos de ustedes creen que ese problema se puede resolver?, y muy poquitos levantan la mano.

En ese contexto enseñar Matemáticas, dice, es un desafío también.

—Y más difícil aun es lograr que se motiven. Lo más difícil es buscar actividades concretas donde ellos puedan visualizar la matemática como una herramienta para darle solución a otros problemas: la matemática aplicada. En esa búsqueda de poder darles respuesta incorporé la astronomía como una herramienta para enseñar. Por ejemplo, para los ángulos en geometría puedo hablar de los sistemas de coordenadas o los ángulos que hay en la esfera celeste. Y en la aplicación de los logaritmos puedo trabajar con las magnitudes de las estrellas. Los logaritmos es un contenido de segunda medio donde muchos alumnos me preguntan “¿y esto para qué me sirve?”, “¿qué voy a hacer yo con esto?”.

Maritza ha visto los resultados de los esfuerzos que ella y sus colegas hacen. Algunos, tras egresar, han entrado a estudiar ingeniería u otras carreras, muchos de ellos siendo los primeros de sus familias en ir a la universidad. Sin embargo, dice, hay aún muchos estudiantes que continúan viendo las Matemáticas o las ciencias con temor.

—Casi todos los años en cuarto medio hay niños que dicen que les gustaría estudiar Astronomía, pero no han perdido al temor a la matemática y, al final, no se atreven. Solo un estudiante decidió entrar a la carrera, pero estuvo dos años y congeló. También hay otros cuatro que han entrado a pedagogía en matemática y han congelado, nos dicen que se les hizo difícil, que estaban estresados. Ahí falta todavía un trabajo de no darte por vencido; yo hago mucho eso, trato de cultivar mucho el oponerse a la frustración, el esforzarse, pero aún así no hemos logrado todavía que se encienda esa chispita del “yo puedo, yo soy capaz”. Tenía un alumno que quería ser médico y le dio el puntaje para estudiar Medicina, pero al final no se atrevió —explica Maritza, quien desde el año pasado creó, junto a otros profesores, una agrupación para ayudar a sus colegas a introducir la Astronomía en su respectivas escuelas, además de ser parte de un comité de la Unión Astronómica Internacional que busca incentivar la enseñanza de esta ciencia en Chile.

Dice que han avanzado mucho, pero que con la pandemia volvió a ver más de cerca la vulnerabilidad y carencias que viven algunos de sus alumnos.

—El valle es un lugar muy rural y hay muchos estudiantes que viven a unas distancias enormes. Lo comprobé por mí misma el año pasado cuando celebramos la semana de la matemática con actividades online por la pandemia. Los profesores fuimos a dejarles a las casas los diplomas y medallas a los ganadores. Ahí nos encontramos con casos de niños que viajaban una hora o que caminaban de sus casas hasta a la carretera. Eso me conmovió y no dejó de recordarme mi propia historia.

Maritza hace una pausa y luego agrega:

—Yo también tuve muchos problemas en mi infancia, pero tenía súper claro que si me esforzaba, estudiaba, iba a salir de esos problemas, y lo hice. Yo les cuento a mi estudiantes cómo crecí en un campo, sin energía eléctrica. Así predico con el ejemplo.

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