Bitacora de alguien con mucho tiempo libre… pero que es profesor

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Debo tener aún en alguna carpeta de las revistas viejas que colecciono un Icarito donde se mostraba lo que era un plebiscito, como se debía votar, quienes podían hacerlo y hasta como doblar el voto después de marcar la decisión. Debo tener en algún cuaderno que no boté a la basura de la enseñanza media algún cuaderno donde se me enseñaron los partidos políticos, la corriente de cada uno (a grandes rasgos eso si) los poderes del Estado, el porqué se elige un presidente de la república, un senador, un diputado; y a nivel comunal, claro está, un alcalde y un concejal. Tengo patente el recuerdo de un profesor, Alejandro Banderas, quien en una sala de clases nos inculcaba la responsabilidad de ser ciudadanos, con nuestros derechos pero a su vez, con nuestros deberes.

Pasó el tiempo, las tendencias y las modas. Las clases ya no eran como antes y el recibir la definición de ciudadanía era cada vez más aburrido y latoso. Sumado a los inconvenientes (si coloco «problemas» me dirán que soy fatalista) económicos y sociales que a nivel mundial se vivían en la época de los 90 la importancia de conocer los poderes políticos, los tipos de política, el concepto de ciudadanía, la conformación de partidos, sus ideologías y un cuanto hay de saberes institucionales comenzaron a quedar obsoletos frente a la necesidad de llevar un poco de pan a la mesa, de pagar cuentas o, en ese tiempo, de comprar un computador o un televisor gigante. La conversación política en la sobremesa dejó de ser tema pues tomar una bandera de lucha siempre desencadena en tener peleas, afrentas y hacer que el almuerzo finalmente termine siendo más pesado que de costumbre. Lo mismo pasó en los colegios ya que el único acto cívico que se tenía en una sala de clases -la elección de presidente de curso- era tomado a la chacota y sin la seriedad necesaria.

Para que hablar de nuestro pasado si hace tiempo atrás quedaron las frases cargadas de odio sobre un bando y otro para luego ver como se imponía un modelo a través de la fuerza y una línea política «correcta» frente a la visión endemoniada que se tenía de los partidos políticos post 1973 y que a través de otras fuerzas comenzaban a resurgir. La represión aparecía y con ello las amenazas y junto con eso algo que una generación completa tiene y que es el miedo: a expresarse libremente, a decir las cosas a la cara, a esconder, a callar. Y cuando a esta generación se le dio la oportunidad de poder hacer sentir su parecer -y la hizo- siguió tan quieta y carente de respuestas como esta generación.

Muchos pensarán que fue una tontera pero no es así. Debemos estar atentos a los movimientos políticos, más aún cuando han pasado boletas y facturas, dimes y diretes tan candentes que ya no sabemos que pensar ni como reaccionar. Es simple: el ciudadano informado sale al paso y solicita con voz fuerte que salgan de una vez por todas esas personas que le hacen mal al país y de paso, reflexionar y ver donde estuvo realmente el problema. Y un ciudadano informado se forma en el aula, poniendo en práctica todas esas cosas que se enseñan para luego replicarlas en la vida cotidiana. La educación cívica es un arma letal para aquellos señores que nos quieren ver dormidos, como zombies. Es un arma letal además para la ignorancia política que se ha instalado, la ignorancia institucional de la cual somos testigos y de la ignorancia común donde la frase «no estoy ni ahí» se ha incrustado en las cabezas de muchos.

Tenemos las cartas, sabemos como usarlas y podemos torcer la mano de aquellos que no quieren simplemente a un pueblo informado, a un aula con opinión, a una familia con pensamientos e ideologías distintos pero que no se vayan a los golpes y sigan siendo tan familia como siempre. De eso se trata la Educación cívica, de ser ciudadanos con derechos pero también, de ser ciudadanos con deberes.

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