Colegio de Quemchi adapta la forma de educar a la realidad de sus niños

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91028519Sin querer ser una escuela artística, el establecimiento ha convertido la música, la plástica y el deporte en aliados para derrotar la falta de expectativas de sus alumnos, la mayoría de alta vulnerabilidad. Por Soledad Neira Farías en El Mercurio «Una escuelita pequeña, de una isla cercana, nos convidó a jugar un partido de fútbol. Vinieron y nos golearon. Fue un mensaje. Eran 30 niños en toda la escuela y nosotros más de 200 y nos golearon. Ellos hacían deporte. ¡Jugaban! Aquí nuestros niños no jugaban, menos hacían deporte. Teníamos un solo profesor de Educación Física por 12 horas. Eso era todo». Es jueves en la tarde, y mientras afuera llueve copiosamente, adentro la actividad no cesa y el profesor Arsenio Aguilar, director de la Escuela Básica Mil Paisajes de Quemchi intenta explicar el cambio radical experimentado por el colegio en los últimos años. Se trata de una escuela municipal con una matrícula de 280 niños y un índice de vulnerabilidad de casi 86%, marcados además por la falta de expectativas. Hace siete años iniciaron un nuevo proyecto educativo institucional «y nos dimos cuenta de que si bien teníamos un edificio nuevo, nos habíamos quedado con la historia del antiguo colegio. No había identidad ni sello», cuenta Aguilar. Luis-Aguilar«Y ahí reflexionamos. Qué tipo de educación necesitábamos de acuerdo a las características de nuestros niños. Y consideramos que el arte, la música y la recreación son el sello más fundamental para formar al tipo de estudiante que tenemos», explica el director. Sin querer ser una escuela artística, dice, «cambiamos y nos autoimpusimos un sello artístico. Así como tenemos el sello de la inclusividad desde antes de la ley, cuando decidimos que no íbamos a dejar fuera a ningún estudiante cualquiera sea su condición». Hoy, cerca del 30% de sus niños tienen Necesidades Educativas Especiales (NEE), lo que demanda un esfuerzo adicional para mantener dos grupos de integración: dos profesores diferenciales, dos asistentes, un psicólogo, un fonoaudiólogo, además de la dupla psicosocial. Y todos sus estudiantes tienen cabida en los talleres. Los jueves son los de mayor actividad. Además de los que tienen espacio propio, como arte, música o danza, las actividades se multiplican hasta en el hall, donde un grupo de niñas trabaja con cintas, o en el estrecho pasillo, entre el gimnasio y la bodega, donde una ruidosa batucada practica sus rutinas. «Es muy demandada. En cada acto de la comuna nos piden la batucada», cuenta Aguilar. Los niños pasan felices de taller en taller y aunque no se sienten presionados por el Simce, en el que promedian unos 250 puntos, empiezan a notar los efectos del arte en sus notas. «La música me ha ayudado», cuenta Nataly Cuyul (13), alumna de octavo básico. «Me relaja. Me entretiene… Me gusta mucho. Antes miraba, ahora participo». Los buenos resultados que ha traído este nuevo sello de la escuela hicieron que el establecimiento fuera seleccionado en 2017 para integrar la Red de Escuelas Líderes de Educación en Pobreza, iniciativa que impulsan Fundación Minera Escondida, Fundación Educacional Arauco, Fundación Chile y «El Mercurio». La alianza suma a más de 100 colegios y nació con el fin de identificar proyectos que educan con calidad a niños de contextos vulnerables. Niños felices Al hacerse cargo de la realidad de sus alumnos, la Escuela Básica Mil Paisajes ha enfrentado un tema complejo. Porque no es solo que sean «vulnerables; son vulnerados», incluso en su propio entorno familiar, asegura el director. Por eso, dice, la escuela presenta anualmente 6 o 7 acciones judiciales para proteger a sus niños. Cerca del 20% de unas 100 familias que componen la comunidad escolar están intervenidas por juzgados de familia, «casi nos hemos convertido en una agencia del tribunal», comenta Aguilar. «La escuela es un oasis de tranquilidad para los niños», explica el profesor básico con mención en Música, Álex Rebolledo. «Tienen expectativas», agrega: han salido a representar a su colegio, se relacionan con otros niños. Ahora preparan una gira al norte con más de 30 alumnos, muchos de los cuales ni siquiera conocen Puerto Montt. Aguilar agrega que «cuando el Estado dejó el arte de lado y las horas extras que se sumaron por la Jornada Escolar Completa (JEC) se convirtieron en un pasar de materia para obtener resultados Simce, la esencia de la JEC se trastocó». «No se trata de crear niños artistas, sino de lograr niños felices con el arte», recalca Rebolledo. «Los talleres han sido además un factor de retención escolar. Niños que pudieron estar en riesgo de desertar le encontraron un sentido a seguir educándose. Vieron que eran capaces de hacer cosas». Por Soledad Neira Farías en El Mercurio

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