Construyendo una sociedad a través de la educación

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La autora de «Educar para la paz», cree que se debe repensar la educación como una herramienta para servir a un bien mayor.

Editado por Eileen San Martín.

La sociedad construye a través de la educación. También puede transformarse mediante sus valores y hábitos.

Fue su trabajo como educadora de niños que vivían en contextos difíciles lo que llevó a Nora Rodríguez, al lugar profesional que ocupa hoy. Pedagoga, escritora y conferenciante, lidera el proyecto Happy School Institute, sobre neurociencias y educación para la paz.

Ahora, acaba de publicar el libro «Educar para la paz». Con él, aborda la necesidad de «enseñar a las nuevas generaciones a tener una vida significativa, en la que el propio bienestar no esté reñido con el de los demás».

¿Qué es educar y formar para la paz?

«Es tener en cuenta que la educación no es consecuencia de la necesidad de tener trabajadores para las fábricas. Más bien, es una necesidad evolutiva para un mundo que ha cambiado en los últimos 10 años. En el que, a más tecnología, mayor tiene que ser la educación de la humanidad.

Esto es, enseñar a las nuevas generaciones a tener una vida significativa y valiosa. Donde el propio bienestar no esté reñido con el bienestar de los demás. Educar para la paz es un derecho de los niños y adolescentes. Ya no se trata sólo de pensar qué mundo les vamos a dejar a las próximas generaciones. Eso, en parte ya lo sabemos o imaginamos.

Se trata de impedir que se desarrollen en una atmósfera de desconexión humana, en la que el bienestar del grupo les resulte indiferente. Hemos de dejarles nuevas herramientas para que puedan ser verdaderos transformadores de la sociedad en que viven.

¿Estamos a tiempo de educar para la paz?

«Por fortuna, sí. La evolución ha diseñado nuestros cerebros para adaptarnos y para cuidar del grupo. No es una buena decisión seguir educando con la ley del «sálvese quien pueda». Y no es inteligente si queremos empezar a escribir la historia en una agenda global en la que ya hay cuestiones urgentes».

¿Cómo defines lo que es la “felicidad responsable”?

«Las nuevas generaciones han crecido en una época caracterizada por la conquista de una forma de felicidad al alcance de la mano. Esta es una felicidad que dura poco. Que depende de estímulos intensos y efímeros. Que se sostiene con bienes materiales y en el éxito fácil.

En nuestra sociedad los niños están obligados a adaptarse a cosas que los adultos no sabemos hacia dónde llevarán. Los avances de la tecnología pueden ser un ejemplo de esto. Creo que es prioritario ayudarles a desarrollar el sentido de pertenencia.

Deben sentir que forman parte de un grupo en una sociedad global. También, el desarrollo de aptitudes como la empatía, compasión, altruismo, agradecimiento y generosidad. O tener muy presente el bienestar de los demás en la toma de decisiones. Eso es la felicidad responsable.

La pedagogía de la felicidad responsable no sólo es educar el corazón, sino hacerlo en sintonía con el cerebro. Somos seres sociales. Nuestro cerebro es un órgano social, y la empatía es como el WiFi con el que nos conectamos».

¿Se debe pasar por un cambio en la educación que reciben las nuevas generaciones?

«Sí, sin duda. Es necesario educar de otro modo. Si los seres humanos estamos preparados para conectar con los demás, estamos preparados para tener conexiones armónicas por nuestra naturaleza. En lugar de usar la educación como una herramienta para satisfacer nuestras necesidades competitivas y egoístas… ¿por qué no repensar la educación como una herramienta para servir a un bien mayor?».

¿Cómo encaja todo esto en un sistema educativo en el que sigue presente la competitividad y las evaluaciones?

«Con programas transversales que pongan el foco en aptitudes propias del cerebro social y en las emociones.

Por ejemplo, por medio de los programas happineers que llevamos a cabo desde Happy Schools Institute. En él, se enseña a niños y adolescentes que ellos también pueden ayudar a construir una sociedad mejor. Todo esto, a través de micromovimientos. De lo contrario, nos estamos quedando con programas para un cerebro que no existe.

Los programas educativos deben tener en cuenta las buenas conexiones en el grupo y la ayuda mutua. Todo esto, porque el cerebro humano cuenta con un sistema que nos predispone hacia los demás.

La neurociencia social, si bien es una ciencia nueva, estudia cómo se activan los circuitos en el cerebro. Especialmente, cuando dos personas interactúan y su increíble efecto en la memoria».

Trabajar la solidaridad en el aula puede ser un recurso para educar para la paz y la no violencia…

«La solidaridad y el altruismo son potentes motores para la prevención de la violencia. Muchas investigaciones científicas lo demuestran. He visto cómo los niños de quince meses se ayudan unos a otros. O cómo uno de ellos es capaz de partir en dos una única galleta y compartirla con otro.

Resulta fascinante cuando comprobamos que en la mayoría de las especies, no sólo estamos conectados para la paz. Contamos con recursos propios y podemos llevar a cabo actos similares de un modo natural cuando se trata de ayudar a otros.

La escuela es uno de los ámbitos de socialización en los que es posible estar en contacto y relacionarse con personas con experiencias, contextos e incluso culturas muy diferentes».

¿Cómo aprender a vivir juntos?

«Activando cada día recursos que permitan una pedagogía de la felicidad responsable. Un ejemplo puede ser el de transmitirles que la verdadera generosidad es discreta. De esta manera, se convierte en una fuerza poderosa que los hará sentirse fuertes.

La escuela deja de ser un espacio de alumnos desconectados entre sí, para convertirse en una mini sociedad global con emociones constructivas en busca el bien común».

¿Hasta qué punto es importante una nueva mirada hacia la infancia y la adolescencia por parte de todos?

«Hasta el punto en que, si no educamos de otro modo, va a ser muy difícil erradicar la violencia de las aulas. Hemos sumergido a las nuevas generaciones en un espacio tecnológico donde la sobreexposición y la obsesión por la imagen los somete a sentirse controlados activando el deseo de controlar.

¿Cómo seguir pensando entonces que el bullying no se convertirá tarde o temprano en una respuesta aprendida y natural si es ante todo un mecanismo de control?».

Fuente: El País.

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