De la palabra NORMA y de cuando me “echaron” de mi primer trabajo como profesora

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dibujo alumnosNOTA: Antes de comenzar, quisiera decir que no tengo nada en contra de los profesores normalistas, cada uno con sus procesos y metodologías, no pasa nada. A veces, incluso, estoy de acuerdo y aplico “La Norma”. Esto, es sólo una experiencia.

Y ese día entendí perfectamente lo que significaba la palabra NORMALIZACIÓN en educación. Horror.

Mis días más felices eran aquellos en que había pasado todo el día desde la mañana hasta el fin de la jornada dentro del aula: Saltando, corriendo, sudando, cantando, riendo, bailando.

Y así, a pesar de que había que planificar y ver los mapas de progreso de una asignatura inexistente y no considerada por el MINEDUC para colegios generales (Teatro, Expresión Corporal y Yoga están a años luz de ser consideradas necesarias como asignaturas básicas de formación general) yo feliz trabajaba en mi casa las horas extra que nadie le paga a un profe.

Incluso, a pesar de que los profesores antiguos miraban con suspicacia lo que una “cabra joven y loca” venía a hacer con los niños, y qué tanto les podía servir, yo iba feliz con mis cuadernos de telas de colores, mis materiales, música, pañoletas, y cuanta cosa se me ocurría llevar para que los “polluelos chicos” crearan.

Así transcurrió un año completo, rodeada de sonrisas de pequeños monstruitos creativos, de llantos, de sangre de narices, de baile, de colores, de energía y muchísima alegría. Sí, también de cansancio, de sacrificio, de tomas estudiantiles y discusiones entre los profesores, pero nada opacaría este primer año que me pagaban por trabajar en lo que más me gusta y disfruto. En verdad que amo ser profe.

Y ya luego por diciembre, voy viendo que otra vez mi inestabilidad laboral se me venía encima.

Con mucha delicadeza un día me acerqué a la oficina de la Jefa de UTP, una señora que infundía respeto con su presencia, de esas señoras que son amables y no amables al mismo tiempo, de la escuela antigua de la docencia, de las que dicen pupilo y pupitre. – “Vine para saber sobre mi continuidad en el colegio para el próximo año”, dije. (Me acuerdo de esa frase exacta completa porque la ensayé para parecer una persona seria.)

La conversación que surgió a raíz de eso fue una mezcla de desconfianza y desinterés…

Finalmente ella me miró con esa mirada majestuosa de las profesoras de antaño y con cierto tono despectivo y a modo de reproche, mencionó: “Lo que sucede, Macarena, es que los alumnos, van muy felices a tus clases. Van saltando, corriendo, cantando. Y en el salón de clases es la misma cosa.”

– “¿Eso está mal?” Pregunté.

– “No digo que esté mal, pero estás muy alejada de LA NORMA”

– “Pero hacemos teatro, expresión corporal, eso es lo normal. Es una clase para que se expresen con libertad.”

– “La Educación aquí es NORMALISTA, hay formas que seguir. Y la verdad, tú no te ajustas.”

– “Bueno, si quiere que los niños anden como robots y no le gusta mi manera de enseñar, entonces me voy”

– “Ningún problema.”

Y como mis emociones me afloran rápido, el tono de esa conversación era elevado y yo me iba indignando cada vez más, por lo que para aquella señora, fue una maravilla que en mi arrebato, decidiera renunciar.

Volví a sentarme a la mesa donde comía con los profes amigos. “Me echaron” dije. Me empezaron a hacer mil preguntas y estaban tan ofuscados como yo. Una lástima que las ganas de hacer a los niños felices tengan estas consecuencias.

Lo cierto es que no me arrepiento. Ni de las clases, ni de lo que dije a la señora “Norma” pues me quedo con los tantos regalos de mis colegas, con el almuerzo de despedida que me hicieron con mucho afecto, con las hermosas sonrisas de mis alumnos, sus abrazos y cariño, todas sus cartas de amor, sus dibujos, los abrazos de sus padres, los recuerdos varios de esos niños que todavía a veces me escriben para contarme algo que les pasó, que me recuerdan y que aplican las cosas que aprendimos juntos. Qué carajo de norma, a mí esa NORMA no me enseñó nada, son los niños, en su máxima expresión de amor, los que me entregan todas las NORMAS que hay que seguir para educar. Amor y Compromiso con ellos, con su bienestar, con su aprendizaje para la vida, básicamente con su educación.

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