Directores líderes: Más allá del Simce

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Los colegios de Chile volvieron a abrir sus puertas. A cada establecimiento llegaron niños y jóvenes quizás con algo de insomnio de la noche anterior, el estómago apretado, la ansiedad de volver a ver a los amigos. También llegaron profesores con la nostalgia de dejar atrás las vacaciones y sus familias, las ganas de enseñar y de encontrarse con sus niños o el peso de repetir una vez más la rutina de siempre. En un colegio se juntan en un primer día de clases (y para todo el año) cientos de historias, diferentes talentos y motivaciones de estudiantes, profesores y asistentes de la educación.

La gestión de estas múltiples realidades es una de las tareas más complejas de los equipos directivos en los colegios. En el último congreso internacional de mejoramiento escolar (ICSEI 2013) los investigadores señalaron de manera transversal, que el logro de aprendizajes depende en gran medida de qué tan apoyadas, valoradas y tomadas en cuenta se sientan las personas que componen la comunidad educativa y de lograr grupos colaborativos que reflexionen y piensen sus propias estrategias para mejorar.

Desde esta evidencia, un director efectivo es aquel que logra que en su colegio todos los estudiantes, con sus distintas realidades iniciales, desarrollen sus talentos. Un director efectivo es el que logra que niños y jóvenes declaren que les gusta ir al colegio y aprender, que sean curiosos, que hagan buenas preguntas, que sepan convivir con otros con respeto, que aprendan a conocerse a sí mismos, a superar las frustraciones, a emprender, a reflexionar.

Un director efectivo es aquel que logra que sus profesores se sientan felices y satisfechos en la realización de su trabajo, dándoles espacios de participación para la toma de decisiones, instancias de contención para sus momentos difíciles y preocupación por sus necesidades colectivas e individuales, promoviendo el desarrollo profesional y el trabajo colaborativo entre pares.

La importancia de sentirse motivado y potenciado por las jefaturas es algo que probablemente todos hemos experimentado. Trabajamos mejor cuando tenemos líderes que se preocupan por nosotros y nos empujan a que desarrollemos nuestras potencialidades. Trabajamos mejor y más creativamente cuando nuestras jefaturas potencian el trabajo en equipo y las conversaciones al interior de las instituciones.

Pero esta “obviedad” pareciera haber sido olvidada por nuestros gobiernos, quienes insisten en poner énfasis en los puntos Simce para medir la calidad de los establecimientos. Cuando un director enfoca su trabajo para la prueba estandarizada, se puede tener excelentes resultados, olvidándonos muchas veces de los niños estresados tomando ansiolíticos el día del examen y profesores presionados entrenando a sus alumnos en los contenidos evaluados olvidando la integralidad de nuestro curriculum.

Hoy, con los nuevos concursos directivos, la gestión se evalúa a través de convenios de desempeño, muy complejos y centrados en la cantidad de acciones que realizan los directores. No se evalúa la percepción que tiene la comunidad educativa de sus líderes, qué tan realizados se sienten en su centro educativo y cuánta colaboración interna existe.

¿No sería lógico enfocarnos en la percepción de los liderados a la hora de evaluar el liderazgo directivo?

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