El Conflicto Necesario

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Desde niños nos enseñaron a evitar los conflictos, pero no nos contaron toda la verdad: evadir el conflicto es más violento que el conflicto mismo. Tanto miedo le tenemos que llegamos a pensar que evitando el conflicto, desaparece también la violencia. Pero no: la vida es conflictiva y evitar el conflicto transforma el conflicto en violencia pura.

Preferimos agachar el moño, tragarnos nuestras palabras y nuestra sensación de injusticia, evadir las miradas, envenenarnos lentamente con nuestra incomodidad profunda antes que levantar la mirada y enfrentar al otro, antes que decir ¡no!, aunque yo sea tu empleado, eso no corresponde; aunque sea su alumno, no me puede tratar así; aunque usted maneje la micro, es irresponsable como maneja; sí, me molesta que fume; aunque seamos pareja, eso no me gusta; no tienes derecho a hacerlo; aunque usted sea el doctor, yo tengo derecho a entender lo que me pasa; no estoy de acuerdo y no lo haré; sé que es injusto; haga la fila igual que todos nosotros; esa mano ahí me molesta y no la permito aunque trabaje para usted, aunque seas mayor, aunque mi familia confíe en ti.

Todos sabemos o al menos sentimos, cuándo una situación es una agresión y muchas veces preferimos evitar el conflicto y quedarnos con la violencia. Por miedo al conflicto, al qué-dirán, a la mirada de los demás y vamos transformando nosotros mismos en la violencia impotente del conflicto no enfrentado.

Reventamos contra las paredes como en nuestro deporte nacional: el rodeo, porque no quisimos ir de frente, entrar en conflicto y exponer claramente nuestra situación: definir límites, pedir respeto por esos límites. Eso significa entrar en conflicto: respetar y hacer respetar directamente la distancia necesaria que permite ver y escucharnos los unos a los otros.

Los límites hay que definirlos, conversarlos, respetarlos y defenderlos. Los límites laborales se borran fácilmente, desde en los horarios hasta en las funciones (basta como ejemplo citar la ambigüedad de los límites horarios y funcionales de las empleadas domésticas “puertas adentro”). La intimidad también tiene límites.

En una pareja no hay fusión (tampoco en una familia, ni entre amigos, ni en ninguna relación): hay un espacio necesario que permite ver y respetar a los demás y ese espacio se defiende activa y explícitamente. Sólo evitaremos la violencia si respetamos estos límites, y sólo se muestran los límites en el conflicto, en el encuentro con el otro, frente a frente y frente en alto. El conflicto es respetuoso porque crea y defiende los límites. Es la violencia la que no conoce límites.

La violencia elimina los límites que dan la perspectiva necesaria para ver al otro y dejarnos ver. Es imprescindible saber que hay tanta violencia en el silenciamiento y evasión del conflicto como en la explosión salvaje por un conflicto mal llevado.

Es conflicto es un riesgo, pero más vale correr el riesgo del conflicto que, queriendo evitarlo, ir de frente a la violencia. Por eso, para entrar en conflicto se requiere de honestidad, valentía e intrepidez, que son condiciones de relaciones madura y libremente comprometidas. Las relaciones que evitan el conflicto, bajo el pretexto de la paz, van enmudeciendo hasta que desaparecen porque ya no se ven, o justamente porque no se ven, chocan y revientan en violencias desatadas.

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