El Coronavirus, el virus de nuestros tiempos

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¿Qué es la corona sino la cabeza? Sí, nuestras ideas, creencias, pensamientos que se han instalado casi imperceptiblemente e inundado como un invisible virus nuestro corazón.

No creo necesario insistir en cómo hemos construido una sociedad de relaciones virtuales y superficiales, donde la preocupación está centrada en el individuo y sus derechos privados, “privando” a otros de oportunidades que fueron siempre un derecho humano. Comer, trabajar, educarse, tener agua, en fin, la lista es larga.

Pero lo que los humanos no hemos podido aún entender es que pertenecemos a un sistema. Sí un sistema, un conjunto orgánico de partes que se requieren recíprocamente para el desarrollo y la subsistencia.

Este virus no es más que la manifestación de cómo nuestros pensamientos se han infectado, llenando de ideas tóxicas nuestra cabeza, las que atacarán nuestro sistema respiratorio asfixiándonos en nuestra soledad. Creímos que la felicidad se compra en malls y  las relaciones las consigo inflando los egos de quienes creemos nos llevarán a espacios de privilegios. Nos creímos más importantes y necesarios que los árboles, los cerros, los ríos, los animales y los demás, nos infectamos con el virus del ego-ismo (creencia aguda de la importancia de mi YO).

Hoy empezamos a darnos cuenta que somos un sistema tan invisible que lo que pasa en un punto alejado de nuestro país, también nos impacta a todos. Lo paradójico es que para curarse no basta con que yo me cuide y siga el protocolo, debemos todos sumarnos a él.

Imposible no recordar La Peste de Camus o “Ensayo sobre la Ceguera” de José Saramago. ¿Qué duda cabe que la literatura es la manifestación de la intuición o consciencia colectiva, un oráculo de nuestras decisiones, un espejo de nuestras conductas. Comprender lo que leo es trascender la ficción para conectarlo, como un aprendiz, a la visión iluminada de un mundo posible para remover nuestra consciencia y despertar de nuestras quimeras.

Sin duda a la cabeza hay que quitarle la corona, y empezar a gobernar desde nuestro centro el corazón, ese órgano solidario que está en armonía con el ritmo de la vida y es el impulso incesante de la fuerza que corre por nuestras venas.

Gracias Coronavirus, ojalá esta vez sí escuchemos el grito desesperado de una divinidad que ya no sabe cómo hablarnos.

 

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