El hombre ¿dónde está?

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Cada vez que la recuerdo, vuelve a emocionarme esta pregunta de Neruda, formulada frente a las ruinas de Machu Picchu: «piedra en la piedra, ¿el hombre dónde estuvo?» La pregunta busca rescatar desde el olvido la identidad del hombre anónimo, gracias a cuyo trabajo sacrificado y alienante se alzaron los monumentos de piedra del imperio Inca.

Esa misma pregunta volvió a interpelarme hace unos días, pero en un sentido distinto al que la pensó Neruda. Y las ruinas esta vez no son las de Machu Picchu, sino nuestras propias ruinas futuras en las que se convertirán las grandes urbes y la tierra si la desertificación en curso, producto del cambio climático, no es revertida de manera radical, ahora, no mañana, porque mañana no existirá si el ser humano no se rebela contra una alienación peor a la testificada por Neruda y cuyo origen es la explotación inmisericorde de la naturaleza por el hombre, producto de nuestra «sociedad del rendimiento».

Un informe reciente señala que el hielo podría desaparecer de los polos en los próximos quince años. ¿Qué más señales necesitamos para tomar conciencia de que estamos ante una catástrofe en pleno desarrollo, y en cámara rápida? Qué paradoja: estamos pensando en colonizar otros planetas y hemos destruido nuestro propio hogar. Si no hay un salto de conciencia, no tiene sentido irse a Marte o a la Luna a repetir el mismo guion: porque la desertificación exterior no es sino el resultado visible de nuestra desertificación interior.

Nuestro país será uno de los más afectados por el cambio climático, pero estamos copiando lo peor de los países desarrollados, nunca lo que de verdad los hace desarrollados (por ejemplo, la radical apuesta de Alemania por las energías renovables). Es impresentable que un país con una costa como la nuestra no haya invertido en estudios para entender fenómenos dramáticos como el de la marea roja en Chiloé. ¡Qué mezcla letal de ignorancia y dejación del Estado de Chile con su propio territorio!

El desierto avanza, la marea roja avanza. Estos desbordes de fuego y agua, estos desequilibrios inusuales son la respuesta proporcional de «Gaia» (la Tierra) a la desmesura («hybris») de nuestra civilización, fundada en una noción de progreso materialista que ha violentado todos los límites. Es necesario que emerja una nueva forma de habitar el planeta no fundada en la devastadora voluntad de dominio. Un poeta del futuro, o un joven de una tribu de sobrevivientes, mirará las ruinas de muchas ciudades «modernas» bajo las aguas y se preguntará con rabia, y también con pena: «¿y el hombre dónde estuvo?».

¿Dónde estuvo cada uno de nosotros cuando supimos que el agua era un bien escaso en el planeta y seguíamos regando nuestros insolentes jardines versallescos? ¿De qué sirve participar en seminarios sobre la huella de carbono, rotular productos con el sello «verde» o llevar a nuestros hijos a los «puntos verdes» a reciclar la basura si les dejaremos en herencia la tierra convertida en un gigantesco basural?

Vivimos en tiempos esquizofrénicos donde sobran declaraciones y tuiteos, pero escasean gestos eficaces y silenciosos para cambiar el curso de los acontecimientos. ¿O perdimos la fe en el poder de cada ser humano para provocar cambios? ¿Nos olvidamos de que un hombre solo paró los tanques en Tiananmén? ¿O de ese otro que plantó árboles durante décadas en un yermo, hasta crear un oasis milagroso?

Cada uno en el lugar en que esté -sea político, empresario o simple ciudadano- debe hacerse esta pregunta a sí mismo, sin esconderse detrás del cómodo anonimato de la masa: «¿el hombre que soy dónde está?, ¿dónde estoy?» Solo nos salvaremos si asumimos individualmente y como colectivos de individuos conscientes la responsabilidad por estas ruinas y estos mares muertos, allí donde nuestros hijos buscarán desesperadamente algún día los restos de la humanidad perdida, o abrazarán llorando un árbol seco.

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