El pez de la pecera

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Si quieres llegar rápido, camina solo; si quieres llegar lejos, camina con otros. (Proverbio africano). 

El pez de la pecera

Hace algún tiempo, me encontré con una publicidad donde se describía la siguiente escena: Un pez está en una pecera. La pecera cae por la ventana al mar. El pez, a través de su ventana panorámica, navega, creyéndose en el mar. Convencido que domina sus corrientes, se mueve en su reducido espacio, donde las turbulencias no afectan su estabilidad para nadar. En su pecera, es único, está con su coraza de cristal, seguro que el océano le pertenece, sintiéndose un pez especial.

Pero, en ese espacio, aparentemente infranqueable, arremete una tormenta. La pecera se hunde. Allí, en el otro mar, hay miles de especies. Sólo la pecera lo separa de lo demás. En eso, un cardumen de peces idénticos a él, aparecen, miran, se acercan, sin poderlo tocar. Finalmente, cansados del cristal impenetrable que no los deja pasar, se alejan.

Cae la pecera.

El pez, ya fuera de ella, inmóvil, empieza solo y dubitativo a nadar. Imagino que siguiendo la estela que dejó el cardumen o, tal vez, ¿en busca de la pecera que lo protegió del mar?

Hoy, las voces de miles de estudiantes, han traspasado peceras. Sus gritos, han permitido que otros, como ellos, se hundan en las profundidades de este océano donde, entonces, descubren una nueva realidad. Somos los y las docentes quienes se nos impone a atrevernos a romper, primero, nuestras peceras e instaurar espacio de reflexión y trabajo colaborativo y solidario, como un real modelo de coherencia y credibilidad para nuestros y nuestras  jóvenes.

Sabemos que se educa desde el ejemplo. Por ello, debemos estampar con acciones concretas la apertura de nuestros espacios pedagógicos, establecer desde nuestras prácticas un real trabajo interdisciplinario, y así, escucharán voces esperanzadoras desde una segregada sociedad.

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