El poder del brujo

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Algunas comunidades indígenas amazónicas conciben la infancia como el período en el cual se define la persona en tanto cuerpo, mente y alma, y por esta razón distancian los nacimientos por períodos de 3 a 4 años, de modo de permitir la atención solícita y amorosa al bebé, procurando su bienestar. El malestar, expresado como llanto, hace nacer en los niños la rabia, porque el llanto de miedo, de dolor o de desamparo alienta el crecimiento de un brujo interno, quien provocará un talante rabioso en el niño, atrayendo así la violencia de los padres y generando en ese niño más rabia y, en poco tiempo más, una brutal violencia, la que puede culminar con la destrucción de la tribu. Un brujo triunfante. Por el contrario, la atención solícita hacia un bebé irá modelando en ese niño una naturaleza afable, respetuosa y con autodisciplina, y el poder del brujo interno se extinguirá.

Niños y adolescentes chilenos que han nacido y crecido en condiciones de pobreza han tenido abundancia de alimentos para su brujo interno: sufrimientos in útero por las penosas condiciones del embarazo, a menudo no deseado; negligencia afectiva desde el nacimiento; maltrato, abuso, ofensas diversas y a menudo feroces para un alma infantil, de por sí delicada. Un alma que se va convirtiendo en un terreno arrasado. Al entrar a la escuela comienzan a escribir la crónica de un fracaso escolar anunciado, porque un cerebro vulnerado no logra aprender, y al desamparo afectivo se agrega la humillación, el penoso sentimiento de no valer nada, de caminar a un callejón sin salida. Son años de violencia con rostro y que a menudo deja señales visibles. Pero más temprano que tarde comienza a golpearles otra violencia, sin rostro esta vez pero tan despiadada como el abuso o la negligencia: la violencia simbólica que salta burlona ante sus ojos a través de la arrogante riqueza que se exhibe ante ellos. La desigualdad, la inequidad brutal de nuestra sociedad son formas naturalizadas de poder. Todos convivimos cotidianamente con ellas y permanecemos insensibles. Al llegar a los 15 años, los niños y adolescentes doblemente vulnerados -golpes, abuso e inequidad- ya llevan en su interior un brujo poderoso e implacable que pugna por salir; sus mentes están fragmentadas, pobladas de agujeros desde los cuales suelen emerger recuerdos que muerden, fragmentos que duelen y que solo se apaciguan a través de la rabia, el maltrato, el desprecio. Someter al otro llevándolo al desvalimiento les ayuda a no hacerse cargo de su propio desvalimiento. Contemplan su naciente crueldad pero no saben como neutralizarla, de modo que optan por alimentarla a través de vanagloriarse ante los pares mostrando cuánto daño se puede hacer; se enamoran de las armas y del olor a miedo o a muerte. No conocen el amor y en su interior se secó toda empatía. Cuando los fragmentos de su mente amenazan con enloquecerles, buscan la droga, la única a quien creen sus mentiras. En ese momento todavía hay modos de canalizar esa rabia de forma constructiva, pero no pueden hacerlo solos; necesitan adultos que crean en el milagro de la reparación. Una suerte de ángeles dispuestos a luchar contra los brujos; por desgracia, son tan pocos ángeles para tantas almas arrasadas. Más temprano que tarde serán reclutados por falsos ángeles, que les mostrarán paraísos pasajeros llamados pasta base o los introducirán en la escuela de la violencia a través del cine y los video juegos, y les regalarán armas como símbolo de un nuevo poder. Y habrá otros que les asegurarán que el juego democrático de respetar los derechos de los otros para recibir el mismo respeto es falso, que lo único válido es la venganza por haber sido burlados. El brujo se yergue triunfante, y la profecía está a punto de cumplirse: es un brujo capaz de aniquilar a la tribu.

El brujo comienza a recibir el más espléndido alimento: el resentimiento. Resentir es volver a sentir una vieja vivencia, propia o inoculada a través de la narrativa familiar o de los resentimientos colectivos. El resentimiento es tóxico, corroe el alma; deja al resentido atrapado en un momento de la historia personal o colectiva y sofoca todo germen de resiliencia, de voluntad para cambiar el propio destino. El resentido repite como un disco rayado el estribillo fatídico de la venganza y no halla descanso sino en el hacer daño, en la crueldad sádica, en aniquilar al otro o todo aquello que representa al otro y en encontrar almas gemelas que contribuyan a alimentar su resentimiento. El violentismo es una de las formas de resentimiento incontenible. Vengarse a través de la destrucción de la propiedad ajena, de los bienes públicos. Incendiar, saquear, destruir. Hacer daño selectivo, ignorando que la venganza por resentimiento lleva en sí el germen del absurdo, del sin sentido, porque el odio, esa ponzoña que se dirige hacia “los enemigos”, vale decir, los dueños de la riqueza y del poder -político, económico- deja dañados a otros igualmente oprimidos.

Pero no todos los adolescentes y jóvenes que se han adueñado de las ciudades para destruir llevan la marca de la vulneración grave. Hay quienes les siguen gozosamente, formando a su alrededor una comparsa penosamente gozosa, que baila alrededor de la barricada o del incendio celebrando la destrucción; en estos el denominador común es otro. Es una personalidad que quedó detenida en la in-consciencia, incapaz de reflexionar, de comprender que sus conductas dejan consecuencias. Ellos viven el día a día buscando la gratificación banal, incapaces de un compromiso que les eleve y les saque de su vacío existencial; sin capacidad para hacer proyectos, buscan a quien seguir e imitan sus acciones sin evaluación alguna, en una amoralidad turbulenta, en una rebeldía sin causa. Son diversos los factores que dañan el normal desarrollo de la personalidad infantil estancándola y desviándola: errores de crianza que van desde la permisividad extrema a estilos punitivos o centrados en la brutal descalificación; ausencia de adultos con vocación de educadores, capaces de despertar sus mentes conduciéndolas a niveles más elevados de conciencia; variadas toxinas que dañan insidiosamente sus cerebros, entre las cuales está la droga, que se les entrega generosamente para reclutarlos con diversos fines. Mal que mal, a lo largo de la historia las comparsas idiotizadas han sido muy útiles para hacer el trabajo duro o simplemente como “carne de cañón”.

Mirado el conflicto actual de esta manera, no hay solución real que no sea el camino que libera. Y ese camino va por la senda del amor. Podemos jugar con las palabras: “va por la senda” lo traduciremos a “per”, y amor por “don”. La sociedad chilena tiene una salida real, que es sofocar al brujo que está aniquilando la tribu a través de pedir perdón, perdonar y resarcir. Pedir perdón por tantos años de ceguera frente a la inequidad y la injusticia; por tanto egoísmo; por tanto derroche, por tanta vanidad, por tanta desidia y negligencia y ofrecer reparación. La única reparación posible es compartir, dar, ofrecer, con generosidad y con humildad. Hay decenas de modos de reparar, porque hay mucha necesidad, muchas privaciones, mucho dolor, mucha destrucción. Y hay muchos que nos pueden enseñar a reparar a través de sus ejemplos: jóvenes que se levantan al alba a ofrecer un pan y un té a los que duermen en las calles; familias que celebran la Navidad compartiendo con una familia indigente; profesionales que dan gratuitamente su trabajo a los más necesitados. A ellos debemos imitar. Chile está lleno de personas extraordinarias que conocen el arte de dar sin ostentación. Ellos pueden enseñarnos ese difícil arte de dar , esta vez como acto de reparación. Reparar también a través de cambios reales en educación, no para mejorar los puntajes SIMCE, sino para sembrar en los chicos valores humanitarios, compromiso ciudadano, confianza en que siempre es posible soñar para transformar el mundo en un mundo mejor. Lo que estamos presenciando en Chile hoy, esta brutal barbarie, es la evidencia más rotunda del fracaso de una educación utilitaria, sin corazón. Reparar a través de comenzar ya a limpiar nuestro país de tóxicos ambientales.

Y también será imprescindible perdonar los daños infligidos a los bienes públicos y a las personas inocentes, perdonar tanta violencia, tantas acciones vandálicas y delictivas. Esta es la tarea más difícil. El violentismo nos sobrecoge y despierta en nosotros el deseo de enfrentar a esas turbas y aniquilarlas, porque no las vemos como humanas. Pero es más fácil perdonar cuando somos capaces de ver en nosotros mismos nuestra propia violencia, cuando somos capaces de comprender la esencia de esta tragedia. Ha sido muy triste ver la hermosa iglesia de La Veracruz incendiada… Pero ¿experimentamos similar congoja al saber de tantos niños que fueron por décadas abusados por sacerdotes? Hemos callado frente a muchas brutales injusticias. Todos somos cómplices.

Perdonar no es favorecer la impunidad. Deberá haber sanciones y castigos al delito. Pero nosotros, la sociedad, no somos los llamados a decidir el castigo y mucho menos aplicarlo a través de la Ley del Talión, que solo contribuye a perpetuar el odio y la violencia. El perdón es la más elevada de las acciones humanas y la más liberadora. Si hoy elevamos nuestros ojos al cielo pidiendo que retorne la paz y se aleje la violencia, atrevámonos a ofrecer lo único que hoy puede liberarnos de verdad: ofrezcamos disponernos a pedir perdón y a perdonar. Es posible que este sea el único modo de acabar con ese brujo que ha crecido de modo descomunal, alimentado por nosotros mismos. Aceptemos con humildad que todos somos parte de ese brujo.

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