El profesorado como una entidad política y social: retrospectivas y reflexiones.

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El año pasado, bajo el contexto de la conmemoración de los 40 años del Golpe de Estado, escuché a Iván Núñez (historiador) quien –a base de investigaciones propias– esgrimía toda una narrativa sobre el profesorado y los profesionales de la educación en Chile, en la década de los 60, 70 y 80s.

profesoradoComenzó con las primeras organizaciones sociopolíticas de los profesores, el perfil del docente a nivel nacional que existía por los cincuenta y, cómo todo el esfuerzo terminó en la constitución del SUTE (Sindicato Unitario de Trabajadores de la Educación- 1970) que, después, fue –o intentó ser- reemplazada por el Colegio de Profesores de Chile (1974) hasta la actualidad. No obstante, la SUTE re-vive y permanece como actor sociopolítico en la  Región de Valparaíso.

A qué voy con estos breves alcances de fecha: durante la década del sesenta, el profesorado poseía una fuerza de escucha tremenda. El Estado no podía hacer oídos sordos y Eduardo Frei Montalva, tampoco los ignoraba. Al llegar la década del setenta, toda esta consideración política desembocó en esa constitución sindical que estaba reforzada por nuevos aires que promovían las organizaciones socipolíticas, por tanto, la constitución legal era inminente. La continuación por parte del Colegio de Profesores, si bien intentó menguar los ánimos sindicalistas, no fue tal el efecto. Hoy por hoy, el CPCh no logra, como sí lo hizo la SUTE en su tiempo, aglutinar a gran parte del profesorado nacional. Personalmente no estoy colegiada y, muchos de mis colegas tampoco ¿por qué? Se preguntarán. El tema radica en ciertos puntos de inflexión que son dignos de mencionar pero, que en sí mismos, encierran múltiples aristas que son extensas y pluridimensionales. Para efectos de este post, me centraré en sólo dos:

I.- En primer lugar, el carácter de mercado de la educación y la naturalización de esto en las masas y el profesorado. Durante los ochenta la naturalización de ciertos procesos productivos y mercantiles, traspasaron lo industrial para penetrar en lo educacional, seguro social y salud. Si bien la educación privada en Chile siempre ha existido (por ejemplo, las escuelas con credo confesional), ahora la tipología de administración se trasladaba hacia el Estado, integrándolo a sus leyes y, por consiguiente, a la formación de profesores. La diversificación de la administración esgrimida en la LOCE consolida esto, lo que no ha logrado derrumbar la LGE porque, precisamente, lo refuerza –y ni altera-. La educación percibida como un derecho inalienable y que está en las obligaciones del Estado otorgar, se presenta con la dinámica de la “oferta-demanda”. El estudiante pasa a ser el “cliente” y el profesor un “empleador”. El docente ya no tiene carácter de “funcionario estatal”, ahora, es un “empleado”, por tanto, su naturaleza de público se transmuta a privado. Ya no prima la res pública sino, más bien, la res privata. Entonces ¿qué debe hacer o, mejor dicho, a qué se vio empujado a hacer el profesor? Se ve presionado a interactuar con el Sistema Educacional bajo una óptica mercantilista y no como una acción sociopolítica, desde una perspectiva más freiriana por ejemplo. Con el paso del tiempo, el docente naturaliza a la educación como un proceso productivo y de reproducción cultural que no cuestiona y, que de hacerlo, se centra sólo en un aspecto: lo económico. La evaluación del “producto”, del “proceso”, la “medición de la calidad” y tantos otros conceptos que se utilizan, es fruto de ese pensamiento de mercado que tenemos con nuestra educación. Y esto, nos lleva al punto II.

II.- La construcción discursiva del profesorado: décadas antes, cuando estaba el SUTE, los docentes y profesionales de la educación, lograban construir un discurso unísono, en donde la multiplicidad de temas eran importantes y que se debían afrontar en un modo comunitario. La decisión final no era unilateral, más bien se consideraban perspectivas desde el Estado, el MINEDUC y de la agrupación. Hoy? Bueno, ya sabemos: es unilateral. El tema de la remuneración del profesional de la educación no es un tema actual, para nada, es bastante antiguo, pero no era el tópico a tratar: las condiciones sociales de los estudiantes, la demanda por un currículum que integre y forme sujetos (y no individuos), era parte de ese discurso. Ahora, el CPCh sólo se limita a hablar de posicionamientos económicos del tema, como fruto del punto I: remuneración, bonos de reconocimiento profesional, bonos de evaluación, bonos por vulnerabilidad, bonos por bonos y más bonos y que no se dan cuenta que, al hablar de bonos, están utilizando lenguaje neoliberal. Claro, está naturalizado, no lo percibimos. Los profesores y profesionales más antiguos logran notar esa diferencia, pero las generaciones más nuevas no perciben estos matices por diferentes razones: desconocen como antes era el profesorado y porque son hijos del neoliberalismo. Entonces, ante esto, la diversificación del discurso es inminente: hay profesores que están felices de trabajar en colegios que promueven ese modelo que, a su vez, otorga un carácter de continuidad del status quo, de estratificaciones y segregaciones socioeconómicas; por otro lado, hay docentes que se presentan molestos por estas desigualdades –económicas- que acarrea ser profesor, no obstante, no hacen más alarde que el salir a protestar, pero, más tarde, vuelven a sus salas y continúan enseñando un currículum culturalmente segregador y, en una tercera apreciación, hay profesores que efectivamente están en el sistema, realizan clases, pero su discurso y metodologías apuntan a un ser crítico que intenta otorgar un carácter más humano a la educación. Por último y que es más horrible –a mi parecer- aún: existen profesores pertenecientes a esta nueva generación que se presentan indolentes, inconscientes y despreocupados sobre la naturaleza del sistema educacional y lo que conlleva. Están naturalizados. Por tanto, la posición indiferente, complaciente y naturalizada, nos lleva a una mantención del sistema de mercado de la educación, avalando procesos como el SIMCE, la PSU y todo proceso de selección-segregación-exclusión e integración existente en Chile: ¿o me dirán que es sano clasificar a los alumnos bajo letras (4to A, B o C, etc) según el rendimiento en un examen de admisión y, que de lograr tal o cual puntaje, ingresan a ese establecimiento? Supuestamente al ser derecho jurídico natural, no deberían realizarse esos procesos, sino, admitir sin prejuicios ni pruebas previas a todo alumno que desee estudiar.

Entonces ¿cómo deberíamos plantearnos como docentes del siglo XXI? (No apuntaré al tema de las TICs en este post, pues debería adentrarme en lo que significa Globalización). Deberíamos integrar a nuestro chip los siguientes conceptos: crítica, duda, autorreflexión, desvelamiento y debate. La crítica debe plantearse como un profesor que logra observar las falencias sistémicas, a nivel macro y micro; la duda, como un elemento casi heurístico aplicado a la educación en donde el cuestionamiento sea el mayor motor de investigación e indagación; la autorreflexión debe presentarse como la capacidad del docente de hacer una mirada introspectiva sobre sus prácticas pedagógicas y discurso (tanto como ciudadano y como docente), visualizar las propias carencias y dar un carácter de mejoramiento del quehacer docente-ciudadano. El desvelamiento, retomando un poco a Paulo Freire, es la capacidad de leer la realidad, re-leerla y re-escribirla desde las percepciones humanas y desde los contextos propios situados, por tanto, esto conlleva ser crítico, autorreflexivo y, ergo, un sujeto que propende al debate como proceso de construcción de saber –pedagógico- intersubjetivo, lo que permite acumular experiencia, conocimiento, teoría y praxis.

Debemos ser todo lo anterior para que podamos plantearnos, unidos, como un solo cuerpo gremial, frente a un Estado (y gobiernos) que con el paso del tiempo, han ido disminuyendo la potestad del profesor por sobre la educación y que ha cedido todo a la economía, otorgando orgánica mercantilista y desestimando lo humano que significa educar.

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