¿En qué momento se nos olvidó ser y hacer felices a nuestros niños?

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Hace un tiempo atrás me percaté que mi hija no era feliz en el colegio o, que al menos, le coartaban ciertos desplantes que ella pudiese tener en ese espacio común.

colegio-felizCuando pequeña tampoco fui feliz en el colegio. Llegaba a casa con el peso de mi mochila cargada de tareas, libros, cuadernos y mi ropa ¡y yo que quería llegar a jugar y dibujar! Pero no, no podía, pues debía atender mis menesteres escolares. Así veo que está repitiéndose la historia con mi pequeña de 7 años. Varios me han comentado que intente con Waldorf o Montessori, pero mi inquietud no va en cambiarla de modelo, de yo buscar una opción; mi tema va a ¿por qué los niños no logran ser felices en un espacio común y punto neurálgico de la primera y gran socialización como lo es la escuela?

Puede que sea a razón de ser del ethos social de cada pequeño que asiste a ese lugar y que debe converger con otro distinto y que no lo comprende como una extensión de sí mismo en comunidad, o de cómo se predispone la escuela a recibir a estos chicos y el cómo plantean el currículum y otros tantos factores de la unidad educativa.

Para efectos del ethos, debemos comprender que los niños son el fiel reflejo de la crianza y educación que han brindado sus padres, quienes a su vez, se plantean como modelos idealizados frente a sus hijos. Un modelo de perfección que llega a presentarse tan ajeno de “malas acciones” que llega a ser irreal. Además, el modelo planteado está intrínsecamente diseñado en pos de una cultura conservadora, patriarcal, machista y que pretende una reproducción del individuo mecanizado de una sociedad de mercado. Esos padres comprenden que el sentido de la democracia se debe dar y desenvolver en un ambiente de mercado y, para ellos, la educación es un espacio homologado para esa óptica.

No es que la regla de “todo pasado fue mejor” deba inculcarse, pero evidente resulta que la hiperconectividad nos ha vuelto más tímidos en tanto a nuestras relaciones con la sociedad. Pero me problematiza, como profesora y mamá, el cómo la escuela no se ocupa, también, de la felicidad de nuestros niños y sólo prevén un “bienestar” atingente a lo psicológico. No todo radica ahí, también está en nuestra cultura y, para mí (y muchos otros teóricos) el currículum es la concreción más inmediata de ella.

¿Por qué el Currículum nacional, de forma indirecta o no, no nos permite ser felices?

Las altas exigencias de nuestro sistema nacional de educación nos llevan a instancias de estrés continuo. Los niños tempranamente están presentando cuadro de estrés y de depresión, lo que muchas veces está correlacionado por los efectos de la presión por el aprendizaje escolar. Pero si algo he de decir en favor de los profesores, es que esa presión hacia nuestros niños, es sólo un efecto en cadena que se impone por parte de nuestro sistema por alcanzar la cobertura curricular esperada para obtener la excelencia académica o las U.S.E (unidad de subvención escolar) tan anheladas. Los niños, a esta altura, se convirtieron en un producto transable según variables de “calidad” y “vulnerabilidad”.  Mientras más vulnerados sean nuestros niños y estén cursando escolaridad regular, estos reportan dineros a las unidades educativas amparadas bajo la Ley 20.248. Sin embargo ¿qué relación tiene esto con el currículum y la no felicidad de nuestros niños? El Sistema de Medición de la Calidad de la Educación (SIMCE) el que mide cobertura curricular, es el estándar a nivel escolar que más impacta en los niños y el sistema educacional. Es este, el que determina si los colegios son autónomos, en recuperación o emergentes (remitirse a los párrafos 2, 3 y 4 de la Ley n° 20.248), por tanto, es la determinación de los recursos en la varianza de “vulnerabilidad” y “cantidad de vulnerados” y, mientras este último insumo presente el 50% +1 en la unidad educativa, la rentabilidad se vuelve más jocosa aún.

El SIMCE es la varita con la cual mido y determino cuánto ingresa a un colegio según niño y su condición socioeconómica. Ya el niño per sé (en el caso hipotético de ser vulnerado) carga con una tristeza corporal y de alma con la que debe lidiar día tras día en su núcleo familiar, pero esto se ve reforzado por las normativas impuestas por la Ley SEP que condiciona que ese niño debe seguir en pobreza para perpetuar el pago de su escolaridad (de calidad). Por tanto, el niño debe alcanzar una cobertura curricular lo suficientemente buena para que las variables de “vulnerabilidad” y “excelencia académica” se conjuguen y esos ingresos aumenten (calculado todo en U.S.E.) en pos de una “igualdad social” promulgada con las Leyes Compensatorias de Segunda Generación que han ido dictaminándose en los últimos gobiernos. No obstante, lo que conlleva el infiltrar en esas pequeñas mentes una currícula irrisoriamente extensa, son efectos colaterales atroces: niños con sobre carga de tareas y quehaceres estudiantiles, metodologías de alfabetización temprana y que hacen reduccionismo a lo que significa “leer” (Paulo Freire nos puede entregar herramientas para comprender una dimensión mucho más profunda de ello). Para los niños, su felicidad, se ve transportada a niveles de “éxito escolar”, concretada en una cuantificación de sus esfuerzos y que se va al libro de curso como un flamante azul ¿y qué hacemos los profesores ante este escenario? Nos vemos presionados e intentamos “avanzar” lo más posible a nivel curricular, para dejar espacios al repaso y a exigir evaluación formativa y sumativa las más veces posibles ¿qué les hicimos a nuestros niños? ¿En dónde quedó nuestra ética y compromiso para con ellos? Porque, déjenme decirles, que el estudiar pedagogía y ser pedagogo, es un actor de profundo amor, tanto por los que acompañamos en su crecimiento como para con la sociedad que queremos.

Nuestros niños llegan a sus casas con la preocupación de resolver tareas (que el ideal de la JEC era que no existiera eso en las casas), de prepararse para las pruebas de 6-7 páginas que les dan a resolver (y lo he visto) en clases o para responder las preguntas recalcitrantes de los profesores para sondear el “aprendizaje previo” o los saberes ya comprendidos en clases anteriores ¿En qué momento se nos olvidó hacer felices a nuestros niños y someterlos a mediciones de “calidad”?

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