La rabia y la esperanza

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No pretendo ignorar los desaciertos que caracterizaron la discusión sobre gratuidad ni decir que la misión está cumplida. Sin embargo, una cosa sí es clara: Chile hoy es un mejor país que hace una semana, y esa es una verdad indesmentible.

Cuesta escribir sobre el actual escenario sin lanzar un montón de improperios. Cuesta porque da rabia saber que un grupo de exitosos empresarios se ponen de acuerdo para joderse a todo un país subiendo los precios de los pollos, del papel tissue (hace poco supimos que eso era el confort), y quizás de cuantos productos más. Da rabia ver ese nivel de codicia, esa extraña necesidad de exprimir hasta el último peso de sueldos miserables que ellos mismos pagan a sus trabajadores.obra-carpani-fundacion

Da rabia ver a políticos que financian sus campañas con asignaciones que todos los chilenos pagamos para que se haga una buena pega en el Congreso, y con donaciones de empresarios que tienen intereses directos en las leyes que ellos votan. Da rabia que pretendan vernos la cara y nos digan que aunque las empresas les dan plata de manera ilegal, eso no afecta su voto, que están libres de presiones. Y da más rabia que por estos días esos mismos Senadores legislen las nuevas reglas para el financiamiento de la política.

También da rabia recordar la discusión sobre gratuidad. Da rabia ver el doble estándar de algunos políticos, que una semana aseguraban que la educación gratuita era mala para el país y a la otra exigían que la gratuidad llegara a más estudiantes. Da rabia que exista un Tribunal Constitucional —conformado por 10 personas y que pareciera votar en bloque de acuerdo a tendencias políticas— con el poder suficiente para tirar a la basura leyes aprobadas democráticamente luego de discusiones eternas en el Congreso.

Da rabia que la resolución del Tribunal Constitucional y el acuerdo político entre el gobierno y la oposición hayan dejado sin gratuidad al mundo técnico profesional, evidenciando la desregulación del sistema y la poca importancia de esta modalidad para nuestra clase política.

Pero en este ambiente de profunda rabia y desconfianza, por fin llegó la esperanza.

Porque hay esperanza en historias como la de Grace, la primera estudiante de su liceo en entrar a la Universidad de Chile que, feliz por poder estudiar gratis, sueña con “buscar una casa más cómoda, acá en Lo Prado. Obviamente con mi mamá, para corresponderle todo lo que ha hecho”. Hay esperanza al leer a Marcelo o Adriana, padres que dicen haber llorado y/o saltado de alegría cuando supieron que sus hijos estudiarían gratis. Y también hay esperanza en el tuit de Natalia: “Matriculé al hijo de un temporero en Ing Eléctrica con gratuidad. El papá me tomó las manos y dijo que era el día más feliz de su vida. Chao”.

Y cómo no va a haber esperanza si en nuestro país el arancel promedio en una universidad supera los $240.000, cifra casi idéntica al ingreso por persona que tiene más del 70% de nuestra población. En este escenario de profunda desigualdad la gratuidad tiene un impacto que cuesta entender.

Cuesta entender porque simplemente no tenemos idea de cómo es esa realidad. Porque mientras nosotros nos reímos de un video donde un joven “cuico” dice que Ñuñoa es la periferia de la ciudad, los beneficiados con gratuidad, los que viven con menos de $200.000 por persona al mes, probablemente también se rían de los que vivimos en Santiago Centro, de los que hablamos de políticas públicas, de los que intentamos “defender sus intereses”. En este país donde la desigualdad violenta, donde sólo nos preocupamos de nuestra familia, nuestros amigos, y nuestra pega, la ignorancia es la norma.

Por eso se agradecen estos relatos. Nos acercan a miles de historias desconocidas, al motivo por el que el país se movilizó el 2011 y al motor que debieran tener todas las políticas públicas.

No pretendo ignorar los desaciertos que caracterizaron la discusión sobre gratuidad ni decir que la misión está cumplida. En lo inmediato hay problemas importantes a resolver como las becas de mantención, y el desafío que viene por delante es enorme, porque la gratuidad 2016 es sólo el primer paso de una reforma que debe cambiarle la cara a la educación superior y que debe hacerse cargo de enormes falencias que mantiene el nivel escolar.

Sin embargo, una cosa sí es clara: Chile hoy es un mejor país que hace una semana, y esa es una verdad indesmentible.

(Imagen: obra “Fundación” de Carpani)

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