Las matemáticas en el aula: Evocar y vivir el placer de aprender

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El presente artículo quiere invitarnos a mirar el hacer particular del educador en el aula, a distinguir su conducta o acción en ese dominio, así reflexionar sobre el espacio conductual o de acciones y el espacio experiencial en el lenguaje que surge al moverse en él, así buscaremos comprender como se adquieren las habilidades matemáticas y veremos como ellas son parte del mundo que surge en el aula, en el vivir y convivir que genera en la recursión de coordinaciones de sentires, haceres y emociones que configuran el espacio relacional que viven como educadores y el de los niños, estos últimos inmersos en el lenguaje y emociones de los adultos con los que se relacionan.

¿Estoy preparado para entender que lo fundamental del educar es aprender a convivir de manera ética por lo tanto es transformar el aula en el mundo que está afuera porque ese es el mundo que los niños y niñas van a vivir? Esto no es que los niños tengan la vista fuera de sí, sino incorporar al aula todas las conversaciones de la vida en absoluta legitimidad y respeto, en autonomía reflexiva y de acción que va más allá del contenido, que no lo desmerece sino que lo coloca en una medida justa, importante pero porque es una herramienta para desenvolverse plenamente y en democracia.

Lo más importante es mirarnos, tenemos que ver el hacer para dejar las cegueras y al apego a teorías que nos alejan de mirar los fundamentos del ser seres humanos, de cómo todos aprenden. Podemos decir o escuchar, por ejemplo que como padres se ama todos los hijos por igual, pero no es cierto en estricto rigor, aunque el sentimiento por cada uno es tan intenso que no se pueda diferenciar, el modo de relacionarnos es distinto con cada uno, el amar es una conducta, es una acción y no somos los mismos siempre ni el otro es el mismo. Sino vemos esto, creeremos que tenemos que hacer lo mismo para todos, de aplanarlos a todos, no aceptando la legitimidad de las diferencias.

Si miramos esto y hacemos la analogía en el aula, veremos que no podemos amar a todos nuestros niños por igual, no reconocemos en ese acto sus diferencias, por tanto no veremos que nos movemos distintos con todos, que no todos nos perciben igual, por lo mismo no todos aprenderán lo mismo y del mismo modo, al mismo ritmo o como nosotros esperamos, el reconocer estas diferencias abre el espacio de libertad y autonomía reflexiva, trayendo distintas acciones a la mano, ya sean estrategias metodológicas que guíen un mejor aprendizaje, en un espacio emocional, de confianza y respeto mutuo, donde surge un convivir y un modo de relacionarse que guía a los alumnos para llegar a ser seres plenamente autónomos, donde aparece y se disfruta la colaboración y el aprender.

Este es un extracto del artículo completo de Carolina Carvacho. Lee el completo AQUÍ

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