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El estudio del cerebro llevado al aula ha permitido descubrir la importancia del aprender en forma dinámica, así como el rol que juega un buen clima escolar en la capacidad de entender.

Por M. Cordano

La última entrada del blog de Jesús Guillén está dedicada al estrés. Usando texto, imágenes y videos, este profesor del posgrado de Neuroeducación de la Universidad de Barcelona explica que los cerebros de niños y adolescentes -cerebros aún en desarrollo- son especialmente vulnerables a caer en este estado.

El académico continúa su texto explicando qué ocurre en un cerebro que se siente amenazado, y entrega ideas para combatir el estrés en las salas de clases. “En la etapa de la adolescencia, en la que sabemos que existe una gran reorganización del cerebro que lo puede hacer más vulnerable a muchas situaciones, se ha comprobado que los estudiantes que muestran ansiedad ante las matemáticas obtienen mejores resultados en los exámenes si escriben sobre sus sentimientos y preocupaciones durante 10 minutos antes de realizar las pruebas“, pone de ejemplo.

Guillén está dedicado a la investigación de las aplicaciones que tienen las ciencias cognitivas en la Educación, un tema que lo tiene subiendo información a su sitio web (https://escuelaconcerebro.wordpress.com) y que le ha abierto puertas a seminarios dentro y fuera de España. Entre sus destinos más recientes está Chile, país que visitó hace unas semanas por invitación de Fundación SM. Aquí participó en su IV Seminario Internacional de Educación Integral.

¿Solo el 10%?

Un tema común en el discurso de Jesús Guillén son los neuromitos, creencias que muchas personas transmiten sin que exista suficiente evidencia para probarlos.

Un clásico es pensar que los humanos usamos el 10% de nuestra capacidad cerebral. “Se sabe que el cerebro trabaja de manera global”, refuta el académico. “Incluso cuando estamos durmiendo está tremendamente activo”, dice.

Otro error es pensar que las personas siempre tienen un estilo favorito de aprendizaje y que si no se les enseña bajo ese modo es difícil que aprendan. “Se habla del aprendizaje visual, auditivo o kinésico. Pero la investigación sugiere que las personas son multisensoriales y aprenden mejor integrando todos los sentidos o canales de información, ya sean visuales, auditivos o táctiles”.

Aunque es cierto que es difícil focalizar la atención por un tiempo prolongado, no hay un número específico de minutos en que las personas se mantengan concentradas.

“Hay algunas que funcionan perfectamente durmiendo seis horas, pero otras necesitamos ocho. Con la atención pasa algo parecido”, advierte Guillén. Esto no significa, asegura, que después de una clase de una hora no sean necesarias las pausas activas. Porque si hay algo que la neurociencia ha ayudado a comprobar es que el aprendizaje tiene que ser dinámico. “Que no pueden estar los estudiantes en situación pasiva solo como receptores de información”.

De ahí que muchos colegios europeos y norteamericanos hoy opten por comenzar la jornada escolar con 20 minutos de actividad aeróbica o con juegos en movimiento, que generalmente eligen los estudiantes. “Les va muy bien para concentrarse durante las clases posteriores”, plantea Guillén.

La neurociencia también ha sido clave para identificar el rol que juegan las emociones en el aprendizaje. Una sala de clases que promueve un clima positivo ayuda a aprender y entender más, mientras que una donde la violencia y los malos tratos son comunes, vuelve difícil que se retenga información.

“Ante contextos emocionales negativos se activa la amígdala, una región del cerebro que interviene en el procesamiento emocional en situaciones de miedo o estrés. Frente a contextos emocionales positivos se activan zonas vinculadas al hipocampo, una región del cerebro que interviene en procesos de consolidación de la memoria, que hace que recordemos mejor la información. Las investigaciones nos dicen que los climas emocionales positivos son imprescindibles para facilitar el aprendizaje”, concluye.

Fuente: El Mercurio

 

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