Llorón (Anécdota de aula)

0
8

niños-al-colegioLos primeros 15 minutos vuelan los lápices, suenan las sillas, uno que otro está llorando y alguno en el fondo del salón me mira en silencio. Yo los observo a todos, no al montón, a cada uno. Pienso en cómo voy a llenar ese salón con mi energía para poder alcanzar el nivel de estos remolinos. No grito, nunca… casi nunca. Tomo un respiro, repaso mentalmente la clase. Tres me miran fijo. Una de las niñas corre y me abraza, la siguen todas las otras niñas. “Hola Tía” “Hola Tía” “Tía qué rico olor” “Tía qué linda” “Tía la amo”.

Poco a poco las niñas se van sentando, los niños se van sumando a los tres que me miraban fijo. Sonrío. El aire se distiende. Se acaban sentando todos, entre ellos se hacen callar. Mi emoción es tan grande que a veces quiero llorar. Y ellos no saben, que simplemente por ser tan hermosos me muero de felicidad. Es el segundo básico. “El curso que se porta más mal” “Son los peores” y todas esas barbaridades que decimos los profes, o los paradocentes, o quienes entremos al aula a trabajar con ellos.

“Vamos a dividir el curso en dos. Esta mitad y ésta. Los primeros que tengan todas las mesas ordenadas al fondo del salón, ganan” Infalible. Algunos adultos del rubro dirían que no están de acuerdo con la competitividad en la clase. A mí me va increíble con ella y al final de cuentas, aprenden a trabajar en equipo. “Empate otra vez” Infalible también.

Todos en círculo de pie, con sonrisas gigantes en sus caritas esperando lo que se viene. Plena confianza. ¿Cómo sería fallarles a esos ojitos ilusionados en que la única persona adulta que está con ellos les tiene una diversión?… no es fácil. No. Cuando estoy frente a 45 niños ilusionados, la cosa se pone ruda. Y no sólo por el desorden que pueden lograr, sino porque de verdad ellos confían en mí. Creen. Sus caritas inocentes piensan que lo que digo es verdad… Cuántos adultos olvidan este momento y dicen, sin pensar, tantas palabras crueles: “Que andas llorón hoy” Cada palabra cuenta. “Hoy día, este cabro anda llorón, no ha trabajado en ninguna clase. Prepárate” Cada gesto cuenta. Incluso una mirada.

Comienza el juego y ya están inmersos en su mundo fantástico del que tanto debemos los adultos aprender. La simpleza, la risa, la colaboración, LA ALEGRÍA. Un pequeño se acerca cuando nadie lo mira. Sigue con los ojos llorosos desde el recreo cuando la tía profesora jefe le dijo que andaba llorón. Le pregunto, “Y usted, ¿por qué tiene los ojos tan brillantes hoy?” entonces, llora y me abraza. Se esconde de sus compañeros para que no lo vean llorar. Lo miro y le seco las lágrimas con el delantal. “Tanta agua y ahí las plantitas todas secas” le digo y se ríe.  No le pregunto nada más, sólo suspiro y lo miro deseando profundamente acabar con su pena. “Es que le había hecho una carta  a mi mamá y se me perdió” responde.

Tuve que contener ahora mis lágrimas. Pienso en lo maravilloso de sus emociones. Lo reales que son sus emociones. ¿Dónde estamos los profesores si no es para esto? ¿Para qué nos dedicamos a la educación si lo único que haremos será criticar y señalar errores? Un minuto, pensé. Un minuto nada más necesitaba mi pequeño para expresar lo que sentía… ¡PENA! ¡FRUSTRACIÓN! Queremos un mundo de gente justa y sana, pero los adultos en lugar de darnos un tiempo para darle la importancia que se debe a cada niño, nos preocupamos de enrielar al niño a ser y actuar como los ideales. “Los niños no lloran” “Trabaja” “Pórtate bien” ¿Qué es bien? ¿Bien significa no tener nunca pena? ¿Bien significa no ser honesto y sonreír aunque tenga pena? Pff no. Eso significa estar disociado y aprender a ser un manipulador frustrado.

EL juego estaba llegando a su fin, mientras el niño de la carta perdida terminaba su nueva carta. “Ahora, nos reuniremos en jaurías de ocho perritos” Faltaba uno en un equipo. El pequeño me pasa su carta. “Tía, mejor voy a trabajar y después termino la carta”

LOS AMO. A algunos les puede parecer romántico y poco creíble. A mí me pasa. Me ha pasado cada vez desde que entré a las salas de clases el 2005. Está lleno de niños escritores de cartas, lleno de niños llorones que lo único que necesitan para “portarse bien” es un minuto de presencia y contención para poder seguir trabajando.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here