Los desafíos del primer colegio transgénero en Chile

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En el colegio Amaranta Gómez Regalado de Ñuñoa, los profesores trabajan gratis y la dirección entrega los útiles escolares a los estudiantes. Hoy, cuenta con 22 alumnos y enfrenta grandes desafíos económicos por delante.

Fuente Emol. Editado por Eileen San Martín.

Ángela, una joven transgénero de 16 años, pensó en quitarse la vida para escapar del acoso verbal y físico que sufrió por parte de sus compañeros. Sin embargo, al enterarse del suicidio de una compañera, debido a hostigamientos similares, decidió contarle a su madre el tormento que vivía.

“(Le dije) que quería morir, que no quería seguir existiendo. Lo que me decían me hacía sentir muy mal”, relató Ángela. Esta adolescente junto a 21 estudiantes, entre seis y 17 años, comparten un pasado de acoso. Han encontrado un refugio al integrarse a la Escuela Amaranta Gómez Regalado, el primer proyecto de su tipo en Chile y en América Latina.

Los orígenes

Las primeras clases comenzaron en abril de 2018 con cinco alumnos. A medida que familiares se enteraron de su funcionamiento, el número de estudiantes aumentó hasta 22.

La idea de crear el colegio nació a fines del año 2017 en la Fundación Selenna, después de percatarse que un número importante de estudiantes no terminaba el año escolar. Ésta acoge tanto a menores transgénero, como a sus familias.

Financiamiento

La presidenta de la fundación, Evelyn Silva, cuenta que junto a Ximena Maturana, coordinadora de la escuela, recorrieron varias zonas de la capital en busca de un lugar para acoger a niños transgénero. Finalmente encontraron una sede vecinal en Ñuñoa. Evelyn y Ximena financiaron ese periodo escolar con ahorros personales, que aseguran ya se les han agotado.

Ante ese panorama, se estableció que cada alumno pagará alrededor de $5.000 mensuales, con lo que la escuela obtendría $140.000 al mes si todos cumplían.

La escuela no está adscrita al Ministerio de Educación. Por ello, para que su enseñanza sea reconocida, los alumnos rinden exámenes libres diseñados por esa institución para aprobar el nivel que corresponde a cada menor.

¿Cómo funciona?

El colegio cuenta con dos salas de clase con alumnos divididos según sus edades, un espacio común, baños y la sala de dirección. Ahí, los niños aprenden lenguaje, matemáticas, ciencias, historia, inglés y variados talleres, incluidos fotografía y grabados. Además, los preparan para el mundo exterior, que por lo general es discriminatorio, aseguró Silva.

Alexis, de seis años, cuenta que está feliz en la escuela. “Aquí hay muchos niños igual a mí. No pasaba buenos momentos en mi colegio anterior porque me molestaban, me dejaban sola y me hacían rabiar”, relata la estudiante.

Gabriel Astete, padre de Alexis, señaló que “al principio estaba complicado por el sistema educacional, pero de a poco fui entendiendo que estaba primero su felicidad antes que otras cosas como aprender a leer, a escribir”.

“Estaba perdiendo su identidad. Le estaba dando vergüenza ser transgénero porque veía que nada calzaba. La estaban obligando ir al baño de niños cuando quería entrar al de niñas. Su autoestima estaba muy baja en el último colegio tradicional”, recordó el padre.

Desarrollo integral

La profesora Romina Ramírez, quien imparte clases de historia, explicó que se preocupan por el desarrollo integral de los menores. Agrega que, el colegio es “el resultado de la violencia y discriminación de la sociedad”. Además, considera que el Estado debería encargarse del drama de la mayoría de los menores transgénero en las escuelas convencionales.

Un informe de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) señaló a mediados de 2016 que en América Latina y en el mundo la violencia por la orientación sexual o por la identidad de género afecta a toda la población escolar. Ocasiona estragos en el desarrollo de las personas afectadas, en la convivencia escolar, en el desempeño académico y, en consecuencia, en la permanencia en la escuela.

La ley de identidad de género se promulgó en noviembre pasado, lo que permite a personas transgénero, mayores de 18 años, cambiarse el nombre y sexo en su partida de nacimiento. La norma excluye a los menores de 14 años, otorgándoles la posibilidad de que, en conjunto con sus padres, puedan pedir a un juez decidir si pueden cambiar su género.

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