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Hans Ingvar Roth, académico sueco y docente de la Universidad de Estocolmo, se encuentra de visita en Chile realizando una serie de charlas sobre el parque multicultural en el que se ha convertido la sala de clases.

El profesor Hans Ingvar Roth, académico de la Universidad de Estocolmo, especializado en la enseñanza de los derechos humanos también tiene un doctorado en ética de la Universidad de Lund y una Maestría en Letras en Filosofía de la Universidad de Oxford. Es cientista político, tiene una licenciatura en Estudios de Conflictos de la Universidad de Uppsala y una maestría en Historia y Estudios Religiosos de la Universidad de Estocolmo.

Pero ante todo, cuenta con un sentido común nada diferente del que cualquier educador tendría cuando se refiere a que el debate que genera en Chile una cuestión como el “Proyecto Aula Segura” se zanja con una buena y permanente conversación sobre convivencia escolar.

De visita en nuestro país, invitado por el Doctorado en Educación y el Observatorio de la Cátedra de Educación en Derechos Humanos Harald Edelstam de la UAHC, Ingvar Roth dice estar sorprendido del brutal desempeño del Comando Jungla en Ercilla que culminó con la muerte de Camilo Catrillanca.

Hablando de convivencia escolar, el autor de “The multicultural park”, un estudio sobre los valores comunes que existen entre la sociedad y el salón de clases, el educador se acaba de enterar de que los descendientes de mapuches que estudian en escuelas y universidades de Santiago manifiestan un mayor autoreconocimiento como etnia, respecto a la misma Araucanía y otras regiones donde hay mayores presiones por ser mapuche, por ejemplo.

El último tiempo ha surgido en el sistema escolar un claro auge en el debate sobre el multiculturalismo en una sociedad heterogénea. Es frecuente también que las escuelas manifiesten su particular responsabilidad en proveer de una educación cívica como centro de su currículum y en la entrega de ideales democráticos y respeto por otras vías de pensamiento. Pero si las escuelas no trabajan en conjunto con otros actores de la sociedad como padres, autoridades otras organizaciones va a resultar difícil resolver muchos de estos asuntos como la integración escolar, la vida multicultural con otras etnias o minorías. La sociedad multicultural es un fenómeno que aumenta, pero también aumenta la oportunidad de ser parte de esta vida democrática”, cree.

Clientes del mercado educativo

Durante esta visita al país, el académico sueco ha participado en una serie de encuentros con pares y estudiantes de pedagogía donde se ha conversado en extenso sobre la importancia de vincular derechos humanos y el aspecto multicultural de la educación. El denominador común de estas reuniones ha sido la idea de que existe una serie de discursos sobre el tema, declaraciones y llamados a no discriminar sobre la participación en la vida educativa que finalmente chocan con una realidad incómoda sobre el modelo educativo chileno.

“Si bien es cierto que hay una mayor tolerancia y una sociedad que entiende la integración de una manera más fuerte cada día, aún hay que enseñar la Declaración Universal de los DD.HH. en las escuelas. 70 años después hay que considerar que esto también sea parte de la vida universitaria y de quienes se están formando como educadores”, señala.

Enfrentado a políticas como la que propone el arbitrario proyecto Aula Segura del ejecutivo, Ingvar Roth sostiene que antes que ver a las escuelas como territorio comanche, primero es necesario considerar a las escuelas como una comunidad con mutuas responsabilidades, como lugar de respeto y conversación entre sus líderes, profesores y estudiantes.

“Eso no es una idea original mía, claro. Sino que es parte de lo que se puede observar en cualquier comunidad empática como un vecindario pequeño o la forma en que los niños pequeños la llevan en el preescolar”, dice.

El docente agrega que no solo la literatura sobre educación multicultural ha dado cuenta de la importancia de que los derechos humanos sean parte de la educación y la convivencia escolar. Investigar sobre esto no es solo una tarea para la escuela, también lo es para las familias, los barrios y los grupos de pares. No es solo un instrumento para regular la relación entre Estados y ciudadanos.

“Desgraciadamente sucede que la educación es vista por los Estados como una relación de mercado y por eso los mismos estudiantes se ven a sí mismos como clientes de esa educación. Un cliente no se siente llamado a participar en una vida comunitaria o colectiva, ni en una vida educativa. Esta brecha es muy relevante cuando hablamos de un proyecto escolar planteado como un bien de consumo porque es un antecedente que genera un alto estrés todo el tiempo, dentro y fuera de la escuela. Los espacios vacíos que deja la educación formal y que deben ser llenados por la reflexión crítica, terminan siendo abordados por el consumo, el individualismo y no una responsabilidad del compartir o por la empatía hacia el otro”, sostiene el sueco.

Fuente El Dínamo

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