«No seas pesadito, dale un besito a la tía»: obligar al saludo puede hacer que tu hijo sea propenso a abusos

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Bajo el riesgo de que crean que los hijos «son maleducados», muchos los obligan a saludar, besar o abrazar a amigos, familiares o desconocidos, una actitud que, bajo el lente profesional, es bastante riesgosa. ¿Por qué? En El Definido te explicamos.

Por María Jesús Martínez-Conde en El Definido.

«Tomás, dale un besito a la tía Miriam». Tomás, tímido, se esconde detrás de las piernas de su mamá con cara de incomodidad. «A la tía le va a dar pena si no la saludas», insiste la mamá y, como reacción, la tía Miriam comienza a fingir (muy mal) un llanto. El niño, con evidente desagrado, se acerca y abraza a la señora, sintiéndose culpable por su tristeza.

¿Cuántas veces hemos sido testigos de escenas como esta? Son momentos nada espontáneos, en que obligamos a nuestros hijos no solo a saludar, sino también a besar o a abrazar a familiares, amigos o incluso a completos desconocidos. ¿Es sano? ¿Cuál es el límite entre un niño mal educado que no saluda y otro que está evaluando su acercamiento a esa persona?

¿Por qué obligamos a saludar?

Es lo más natural del mundo. Cada vez que llegamos a la pega en la mañana, nos encontramos con nuestros hijos por primera vez en el día o arribamos a una reunión social, saludamos a quienes tenemos enfrente como convención social; desde un simple «hola», a un beso o un abrazo cariñoso. Es algo como decir «me alegro de verte nuevamente» o «te recibo para que iniciemos una interacción».

«El hombre no tiene que inventar por sí lo que va a hacer primero al toparse con un semejante, sino que la sociedad le da resuelto el problema mediante la norma colectiva del saludo«, dice Ortega y Gasset. Y sí que nos facilita las cosas. Pero, ¿qué pasa si un niño se niega a saludar?

Es usual que los padres se sientan incómodos, pues sus hijos no están repitiendo un patrón aprendido desde la niñez de todos, que es una norma de buena educación. Pero vale la pena preguntarse, ¿estamos insistiendo por el «qué dirán»?, ¿porque nos importa que la tía Miriam se sienta ofendida? O, más importante aún, ¿queremos que nuestro hijo siga al pie de la letra las convenciones sociales sin cuestionarse nada, o preferimos que se eduque como una persona con capacidad de decisión y consentimiento?

Con el corazón y no por educación

«Los adultos solemos saludar por educación, los niños saludan desde el corazón«, explica la psicóloga y psicopedagoga infantil, Jennifer Delgado.

Con ello se refiere a que, si un niño corre con entusiasmo a saludar a su abuela y casi la bota al suelo del impacto, lo hace desde la más espontánea confianza y cariño, mientras que si un día se niega a darle un beso, quizás sea porque, de momento, no tiene ganas, tiene sueño o, en el peor de los casos, no se ha ganado su simpatía.

La psicóloga y autora del libro Mi cuerpo es un regalo, Vinka Jackson, señala que los niños tienen derecho a que sus ritmos sean respetados y a expresar de qué forma quieren vincularse con otras personas.

El problema de forzar el saludo, es que transmitimos a los pequeños que para ser queridos y aceptados por los adultos, deben someterse a sus reglas y ocultar sus sentimientos, lo que puede finalmente evolucionar en un adulto que reprime sus emociones por miedo a que no sean aceptadas.

Al verse obligados a besar y abrazar a alguien que no quieren, como señalan en The Guardian, se les entrega un mensaje errado: lo que quieres, lo que sientes y lo que deseas hacer con tu cuerpo, no importa,es mucho más relevante herir los deseos y sensibilidades de los adultos. Y ese mensaje sí que es riesgoso…

Besos y abrazos

Lógicamente un beso, un abrazo y el contacto físico de un niño con un adulto, es maravilloso si se realiza bajo el consentimiento de ambos. Que un pequeño nos quiera demostrar así su amor, es un regalo del que cualquiera debiese sentirse privilegiado. Los resguardos deben hacerse cuando el menor muestra signos de no querer besar o abrazar, aunque sea a un familiar conocido con el que se tiene plena confianza, pues puede sentar un riesgoso precedente.

“Para los niños es fundamental aprender sobre sus preferencias y sus límites, y esto no solo es para el cuidado y autocuidado durante la niñez, sino que es la base para todo el ejercicio del consentimiento y la libertad en años de la juventud y adultez”, explica Vinka Jackson a Biobio. ¿Cómo nos sentiríamos, como adultos, si nos viésemos obligados a besar a alguien?

Bueno, lo mismo aplica para los niños. Deben saber que tienen el dominio total sobre sus cuerpos y el derecho absoluto a decir nocuando no quieren hacer algo que sienten que rebasa sus límites. Tienen que aprender desde la primera infancia que su cuerpo es suyo y es necesario cuestionar cualquier acción que los incite a someterse, pues el consentimiento es algo que se aprende desde la edad cero y en las situaciones más cotidianas, como el saludo.

“Al obligar a los niños a saludar a un adulto que no conocen o a alguien que conocen, pero al que en ese momento no quieren dar un beso, les estamos exponiendo a que tengan un menor control sobre su cuerpo ante posibles abusos”, indica la psicóloga Macarena Chía, del Instituto Galene, en España.

El riesgo de criar a un niño propenso al abuso al caer en este tipo de conductas es tal, queLucy Emmerson, coordinadora del Sex Education Forum (organización inglesa que aboga por la educación sexual), confirma que obligar a un pequeñoal saludo, confunde los límites entre lo que es aceptable y lo que no cuando se trata de contacto físico.

«Intervenir puede ser incómodo… Pero es necesario si realmente queremos enseñar a los niños que sus cuerpos son suyos y que se deben seguir sus instintos«, dice Emmerson. «Si no podemos lograr crear una cultura de consentimiento para el contacto físico diario, seguramente será una tarea difícil para las situaciones sexuales», agrega.

¿Qué hacer para que mi hijo no pase por «mal educado»?

Sin embargo, un niño que se conoce por no saludar, que rehúye el contacto con mayores o que solo se siente cómodo con sus padres, no es lo deseable y claramente puede comenzar a generar desagrado entre amigos y familiares, lo que tampoco queremos. ¿Qué hacer? ¿Cómo ponerle los límites?

Aquí algunos útiles consejos de profesionales:

Dale alternativas de saludo: pregúntale, por ejemplo, «¿cómo quieres saludar a la tía Miriam? ¿Quieres chocarle esos cinco?», y quizás el niño se anime a estrechar su mano o simplemente a decirle «hola». Con eso debe bastar.

Dale tiempo: puedes decirle, «al abuelo le encantaría que lo saludaras, pero quizás puede ser más rato», y mantente cerca para que se sienta validado. O bien, si tú eres la persona a la que un niño no ha saludado, dile «¿me quieres dar un abrazo ahora o mejor después?». Respeta su decisión y no insistas.

Propón una actividad entre tu hijo o hija y la persona que no ha saludado: «te gustaría pintar con el abuelo», puedes decirle. Seguramente el abuelo se entusiasmará y, en un primer momento, únete a la actividad para que se sienta respaldado. Luego, cuando generen confianza, puedes dejarlos más solos.

No obligues a tu hijo a demostrar afecto por nadie: si después de darle estas alternativas, el niño simplemente no quiere saludar, respeta su decisión, independiente de las razones. Puedes dar la siguiente excusa a tus cercanos: «Tomás hoy día no quiere saludar, quizás más rato se anime» y punto, no le des más vueltas. Si alguien te llama la atención, puedes darle a leer este artículo 😉 Y si se ofende realmente, ten claro que es a él a quien le corresponde tratar ese sentimiento de abandono, no a tu hijo.

Por María Jesús Martínez-Conde en El Definido.

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