No te olvides de vivir por Cristián Warnken

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Hemos pactado con Mefistófeles para sobrevivir o ser «ganadores», muchas veces a costa de sacrificarnos a nosotros mismos.

En una escena de la novela «Los años de aprendizaje», de Goethe, el personaje principal, Wilhelm Meister, visitando la Sala del Pasado, ve en un sarcófago a un personaje leyendo un rollo en el que están escritas estas palabras: «Gedenkezuleben» («no te olvides de vivir»). La misma frase con que el helenista y filósofo francés Pierre Hadot dará título a un memorable ensayo sobre Goethe y la tradición de los ejercicios espirituales, un libro para mí de cabecera que vuelvo a releer cada cierto tiempo, cuando me doy cuenta (en general, gracias a la llamada de atención de otros) de que me estoy olvidando de vivir.

Mañana es primero de marzo y la ciudad despertará probablemente colapsada: ¡colapsada antes de empezar el año! Y cada uno de nosotros entrará en el curso de un activismo no siempre eficaz, pero sí vertiginoso. Cada vez más vertiginoso. ¿El tiempo se acelera o nosotros nos aceleramos en la «sociedad del cansancio», donde la contemplación, la experiencia de la «presencia» se vuelve cada vez más escasa o definitivamente lunática? Los antiguos (entre ellos los griegos) sabían vivir en el presente, en lo que Goethe llamaba «la salud del momento», en lugar de perderse en la nostalgia del pasado o del futuro. Nostalgia por las vacaciones que ya pasaron… nostalgia de las vacaciones que vendrán. Nostalgia por la jubilación… vivir pensando que cuando jubilemos, viviremos por fin el verdadero júbilo. ¿Y mientras tanto? Sobrevivir, «echarle pa’delante», como dice una expresión popular.

Estamos permanentemente «echándole para atrás» o «para adelante», pero pocas veces meditamos sobre el presente (la actualidad temporal) y tampoco sobre la proximidad espacial, lo que está al lado o al frente nuestro, en nuestras narices, pero no vemos. La «presencia» es lo que esos dos olvidos o distracciones (el temporal y el espacial) pueden hacernos perder. El nihilista Fausto, que le había prometido a Mefistófeles, en la obra cumbre de Goethe, que nunca le diría «¡detente, bello instante!», termina traicionando su promesa al contemplar a la antigua y noble Helena. Ante ella afirma: «entonces el espíritu no mira hacia delante ni hacia atrás. Tan solo el presente es nuestra felicidad». En tiempos nihilistas y fáusticos como los nuestros (y desde luego mefistofélicos), decir «detente, bello instante» es un acto revolucionario, transgresor. Hemos pactado con Mefistófeles para sobrevivir o para ser «ganadores» en esta época sobregirada (y sobreendeudada), y eso muchas veces a costa de sacrificarnos a nosotros mismos. Pero llega un momento en que una «presencia» puede interpelarnos y hacernos sentir un éxtasis ante el cual toda nuestra desmesura y afán especulativo con la vida aparezcan absurdos, nimios, vanos. Como lo dice tan enfáticamente el maestro Qohelet en el «Eclesiastés»: «todo es vanidad y atrapar vientos».

Esa experiencia de la presencia puede provocarla la mirada de un niño que nos detiene en plena calle. El poeta peruano César Vallejo lo dice mejor que yo en «Hallazgo de la vida»: «nunca sino ahora, se me acercó un niño y me miró hondamente con su boca». O la lentitud de una anciana cruzando la calle, cruzándola morosa y amorosamente. Ahora mismo, el silencio de esta noche llena de grillos en la que escribo. Presencia: ¡cómo te escapas cuando te busco, cómo apareces cuando te había olvidado! Contigo al lado, no le temo a este Dios Marzo amenazador y prepotente que quiere devorarnos, convertirnos en cifra, estadística, puntaje. Presencia: no eres una palabra, un sustantivo, una abstracción. Eres simplemente, sin pretensión, ni vanidad ni cálculo. Un poco de aire en tiempos de asfixia, un poco de luz al caer la tarde o al empezar el día. Desde el pasado (irremediable, ya sido), un ausente nos susurra al oído: «¡no te olvides de vivir!»

¡Un ausente nos enseña a vivir!

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