Orfandad en la Iglesia Católica, Por José Andrés Murillo

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No tenemos derecho a dudar de las razones que ha invocado el Papa para abdicar. Falta de fuerzas. Su honestidad intelectual es tan innegable como la crisis en que deja la Iglesia y el abandono en quedan todos los fieles.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, Marcos 15, 34.

La Iglesia Católica está marcada por los casos de abuso sexual infantil cometidos por algunos miembros del clero y encubiertos por parte de la jerarquía. Es el tema eclesiástico más mentado durante al menos los últimos 10 años, provocando la crisis en la que está inmersa hoy. Negar esta crisis y su causa, como algunos intentan hacer, tiene hoy algo de delirio fanático.

Esta crisis ha ido dejando en el total abandono a muchos miembros de la Iglesia, sobre todo a los más honestos, y la renuncia de Benedicto XVI no viene más que a confirmarlo.

Algunos sacerdotes y religiosas me han confesado que hoy se sienten huérfanos en su propia Iglesia. Claro, porque la Iglesia, tal vez idealizada, a la que se entregaron por enteros y que honestamente aman, jamás habría tolerado algún tipo de abuso contra un niño y, menos aún, el encubrimiento de este abuso. Pero sigue siendo la Iglesia, Santa Madre y Maestra, fuera de la cual no hay verdad, salvación ni sentido para sus vidas. No pueden creer que la estructura de la Iglesia haya tolerado ese tipo de crímenes. Prefieren verlo como pruebas de fe, persecuciones a la Iglesia, fragilidad humana.

¿Por qué no ha nacido un grupo dentro de la Iglesia que se levante de manera enérgica en contra de los abusos de poder en general, incluidos los sexuales, y enfrente la estructura eclesiástica y la jerarquía que no sólo los ha tolerado sino incluso se puede pensar que los ha facilitado?

Esto es difícil, puesto que criticar a la jerarquía o la estructura de la Iglesia es peligroso para el mundo sacerdotal y religioso, por razones prácticas y espirituales. En lo práctico, el poder que tiene un superior o un obispo respecto de sus subalternos es prácticamente ilimitado: de él depende inapelablemente su trabajo, sus traslados, el lugar donde viven, el dinero que ganan, su posible retiro y jubilación. Conozco a varias personas que por cuestionar o criticar a la jerarquía y su estructura han sido excluidas, amenazadas, perdido sus trabajos, sus permisos para enseñar, incluso sus comunidades, hábitos y ropas. Sí, como en un totalitarismo puro y duro, pero mucho peor, puesto que el poder del superior es espiritual y su brazo armado es infinito, a través de la salvación o condenación eterna.

Espiritual y psicológicamente también es difícil el cuestionamiento a la jerarquía. La experiencia religiosa de los que consagran sus vidas a la Iglesia, esa sensación oceánica de amor divino, de sentido, pertenencia y salvación, choca violentamente con la realidad del abuso y su encubrimiento. Gran parte de la energía espiritual es utilizada en negar o disfrazar este choque, puesto que el cuestionamiento o rebeldía de los consagrados hacia la jerarquía casi no tiene lugar, bajo la amenaza de perder el amor y la pertenencia que les brinda la Iglesia y que da sentido a sus vidas. Se produce una situación doble-vinculante, esquizofrenizante, que produce un quiebre a nivel afectivo y cognitivo en las personas que la viven. Tal vez por eso no es raro escuchar sacerdotes y religiosos o religiosas inteligentes, pero desconectados, impostados hasta en su voz, ciegos, defendiendo posturas poco inteligentes y de manera básica y fanática cuando hablan de dogmas o de la jerarquía. Algunos miembros del clero, intelectualmente honestos, se encuentran constantemente en situaciones sin salida, esquizofrénicas, teniendo que defender, negar o minimizar exactamente aquello que más detestan (como el abuso sexual infantil) en nombre de lo que más aman y de lo que dependen (la pertenencia a la Santa Madre Iglesia).

Atemorizados, pueden entregarse ciegamente a la situación sin salida en la que están atrapados, esperando que Dios, para quien no hay nada imposible, recompense en la otra vida las injusticias que han sufrido, que han visto o de las que han sido cómplices. Exhaustos, pueden terminar excluidos, renunciando a sí mismos y a las tareas que la misma Iglesia demandaba, como tal vez la de Benedicto XVI.

No tenemos derecho a  dudar de las razones que ha invocado el Papa para abdicar. Falta de fuerzas. Su honestidad intelectual es tan innegable como la crisis en que deja la Iglesia y el abandono en quedan todos los fieles. Pocas veces en la historia estas palabras evangélicas han cobrado tanto sentido: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Imagino al renunciado Pontífice recorriendo los pasillos del Vaticano masticando estas palabras como un mantra, y aquellos que lo ven pasar diciendo para sí mismos: “¿por qué nos has abandonado?”

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