Parra, libertador de América

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«La verdadera independencia se dio cuando pudimos sacar nuestra propia voz y Parra sacó la palabra viva que estaba escondida bajo siete capas de retórica y verborrea…»

Le debemos a Nicanor Parra (que mañana anticumple cien años) nuestra verdadera independencia de la metrópoli.

Desde Chillán, tierra de terremotos, un poeta le hizo un golpe de Estado al idioma español que todavía parece molestar a los cortesanos de la RAE. Aún se escuchan las réplicas. Nos perdonan, a estas alturas, que nos hayamos independizado políticamente y económicamente de la Corona, pero que hayamos cortado el cordón umbilical y mental con la madre lengua, eso no.

A los europeos les cuesta mirarnos sin paternalismos y escuchar a Parra, con su libertad y originalidad desopilantes, pues él rompió la tarjeta postal que un discurso políticamente correcto había construido de América. La verdadera independencia se dio cuando pudimos sacar nuestra propia voz y Parra sacó la palabra viva que estaba escondida bajo siete capas de retórica y verborrea. «No pongáis sobre la lengua viva la palabra muerta», había dicho Gabriela Mistral a los profesores. Nicanor Parra le hizo caso ¡y de qué forma! Qué tremenda libertad la que ganamos con ese acto creador.

Los poetas bajaron del Olimpo y los lectores pudieron otra vez sentarse en torno a la fogata de una palabra común, la poesía de la tribu. Muchas generaciones le deberán a este poeta que cumple cien años (y no de soledad) el haber reanimado ese fuego. Sin una palabra propia, sin una lengua que nos podamos colocar como un traje a la medida de nuestro cuerpo, y no como una camisa de fuerza, no somos sino loros repetidores y de una sola lengua.

El «Manifiesto» es nuestra segunda Acta de Independencia. Había que pararles el carro a los colonizadores del espíritu, había que echar a guascazo limpio a los retóricos del templo. Conquistar nuestras propias verdades a punta de carcajadas. Como lo había dicho Nietzsche. De hecho, ambos son deicidas. El alemán mató al Dios de la Metafísica, el chileno al pequeño Dios de la poesía.

Ahora podemos pararnos ante el mundo con nuestra propia risa, sin hacerle venias a nadie. Fuimos colonizados por siglos mentalmente, tomamos ideas ajenas, fuimos los siúticos de América, los inauténticos. Pero ahora tenemos a Parra en la punta de la lengua. Ahora le podemos sacar la lengua a quien sea. En primer lugar al viejo Logos, si queremos. Neruda dijo que los españoles, «conquistadores torvos, nos robaron el oro y nos dejaron el oro, nos dejaron las palabras». Pero había que limpiar ese oro, para que llegase a su máxima pureza. Eso lo hizo el alquimista Parra.

«Devolvedle la palabra a los hombres», clamó el cholo Vallejo, poeta andino. Fue un poeta del centro sur de Chile, tierra de terremotos, el que ejecutó esa devolución sagrada. Ahora podemos volver a las calles de nuestra aldea (como en el poema de Parra «Hay un día feliz») a ver y nombrar las cosas por primera vez. «Porque lo esencial de toda exploración -según Eliot- es volver a nuestro propio jardín y ver las cosas por primera vez». La exploración fueron las largas décadas de poesía copiada, de vanguardia vacía. Cien años no es nada. No apaguemos hoy día las velas, sino que icémoslas para lanzarnos al apasionante viaje de la poesía de pasado mañana.

Parra abrió los horizontes. Por fin podemos ver el mar. Como ese muchacho de su poema «Se canta al mar» que ve el bullente océano Pacífico con «las pupilas fijas/ en la verdad sin fin de la distancia». Dios nos pille confesados. Sin los dioses de la vieja poesía, estamos más perdidos que el teniente Bello. Vértigo fascinante de la libertad y la soledad. Maravillosa libertad y soledad del Ser latinoamericano. Hay que puro caer, como decía el otro mago, el de Cartagena. Caer al fondo de nosotros mismos, sin paracaídas. Al fondo de nuestra propia y libérrima antipoesía. Antipoesía: tú eres el verdadero rostro de la poesía en América.

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