Patricia Carbajal, investigadora mexicana en convivencia escolar: “La violencia aumenta cuando hay una brecha académica pronunciada entre alumnos”

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Por Margherita Cordano 

Los niños que se perciben como poco capacitados sufren la descalificación de sus compañeros y el castigo de sus profesores, lo que los hace sentirse derrotados y actuar de manera brusca. El desafío es hacer que todos se sientan parte de un mismo grupo.

imagesLa convivencia escolar puede ser entendida de dos formas. Por un lado está la perspectiva relacionada con el control, donde la convivencia es vista como un conjunto de normas que se deben seguir. Si alguien no las cumple, se le castiga.

Por otro lado está la perspectiva democrática, más amplia y comprensiva. “Es la construcción de relaciones pacíficas, duraderas. Apela a la formación de los sujetos, al desarrollo de relaciones comunitarias”, explica Patricia Carbajal, asesora del cuerpo académico de investigación en Convivencia Escolar de la Universidad Iberoamericana León, en México.

Invitada por la Facultad de Psicología de la Universidad Diego Portales -a través del proyecto Fondecyt Violencia Verbal en la Escuela-, la académica estuvo de visita en Chile para compartir los resultados de un estudio que la llevó a vivir el día a día de tres profesoras que practican la convivencia democrática en sus aulas. Para ello, Carbajal se instaló en el Estado de Guanajuato y comenzó a registrar cuáles eran las prácticas comunes de estas docentes.

Así llegó a tres dimensiones: inclusión, equidad y manejo dialógico.

Inclusión

Muchos niños que llegaban a las aulas de estas profesoras venían de contextos vulnerables. “La puerta de entrada de estas maestras era reconocer que esos niños venían de contextos difíciles y que ya venían violentados. Entonces no los castigaban ni expulsaban todo el tiempo, porque eso hubiese sido contraproducente. Lo que hacían era motivarlos a partir de convencerlos de que ellos podrían aprender y de que eran personas valiosas”, dice.

“Más allá de los estereotipos -que eran niños con rezago escolar, que ya pertenecían a pandillas o que eran incontrolables-, ellas reconocían la dignidad de cada niño y el derecho que tenían de recibir una educación, haciendo todo lo posible por afirmarlos personal y culturalmente”, explica Carbajal.

Como muchos estudiantes (que cursaban 5° y 6° básico) venían de comunidades indígenas, una estrategia fue resaltar lo grandiosa que había sido la civilización prehispánica, lo que hacía que los jóvenes se sintieran orgullosos y más seguros de sus capacidades.

Equidad

Las profesoras tenían altas expectativas sobre el aprendizaje de todos sus estudiantes, así que se organizaban para generar estrategias pedagógicas que ayudaran a reducir las brechas entre los alumnos más y menos exitosos académicamente. “Ese es un punto fundamental, porque casi siempre se responsabiliza a los alumnos por la violencia escolar, pero rara vez la escuela se ve a sí misma como un proceso de reproducción de esta. Y lo que la investigación internacional muestra es que la violencia escolar aumenta cuando hay una brecha académica tan pronunciada entre los alumnos. Cuando hay alumnos que se sienten poco aplicados, estos tienden a ser descalificados y castigados. No les interesan las clases, pero es porque ya se sienten derrotados”.

Una práctica común entre las maestras evaluadas era dividir sus cursos en pequeños grupos donde los que sabían más sobre una materia, ayudaban a aquellos que la entendían menos. “Siempre con un discurso de colaboración, diciendo que todos podían ayudarse según sus propios talentos: el que sabía dibujar podía ayudar al que quizás sabía más de matemáticas”. Constantemente “se buscaban formas en que los alumnos se sintieran reconocidos”, cuenta la académica.

Para hacerles sentir que todos eran similares, otra acción común de estas profesoras era sentar a los niños en círculo y pedirles que compartieran experiencias. “Por ejemplo, una en donde se hubiesen sentido discriminados. Entonces empezaban a compartir experiencias que habían vivido en sus casas, en los barrios… en la misma escuela”.

Al ver que otros a quienes sentían más poderosos tenían problemas igual que ellos, los más tímidos se atrevían a compartir sus propios relatos. “Crear comunidad es uno de los elementos indispensables para la convivencia, y al mismo tiempo es uno de los elementos indispensables para reducir la violencia”.

El objetivo final era que el curso fuera tan afiatado, que entre todos llegaran a sentir que “si un alumno ofendía a alguien, estaba ofendiendo a todo el grupo”.

Manejo dialógico

Si dos niños se estaban pegando patadas, en vez de pedirles que solo pararan, las profesoras evaluadas en el estudio de Patricia Carbajal solían decirles a sus alumnos que explicaran qué los había llevado a esa conducta. Si la respuesta era que uno de ellos le había quitado algo al otro, las maestras pedían que entre ambos idearan una situación hipotética en donde el conflicto se solucionara de buena forma. Que el interesado se hubiera acercado a pedir eso que quería de buena manera, por ejemplo.

“La clave era construirles el vocabulario, porque muchos no lo tenían. Entonces les decían ‘por favor, me puedes dar…’ y repetían ‘sí, con mucho gusto’. Ponían palabras y frases positivas en ellos. Les construían habilidades comunicativas prácticamente desde cero, porque muchos eran niños acostumbrados a comunicarse de manera muy violenta”.

Fuente: El Mercurio

 

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