Quiero dejar de sufrir

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“Es muy duro sonreír, fingir que todo está bien, cuando nada lo está. Peleo batallas conmigo misma que nadie se entera. No he podido intentar suicidarme por qué no tengo suficientes pastillas, soy muy débil como para cortarme tan profundo como para llegar a la muerte. Eso me detiene. Siento que todos dependen de mí, y yo a la vez también. Mis notas son buenas, soy la mejor de mi curso, pero ya no quiero serlo”
(chica, 12 años)

Una de las situaciones más dolorosas que podemos vivir como comunidad escolar, profesor, compañero, familia, sociedad es la muerte de un niño o adolescente por suicidio. La mayoría de las veces nos sentimos culpables. Culpables de nuestras omisiones, de nuestros juicios, de nuestros tratos. Tratamos de explicarnos las razones y empezamos a reconstruir un posible relato del sufrimiento del joven y eso lo hacemos todos quienes nos relacionamos con él. Es inevitable, pues nos impacta, nos llega, nos cuestiona.

Creemos que los niños, adolescentes y jóvenes no se cuestionan el hecho de existir, parece que los adultos olvidamos nuestra propia niñez o adolescencia y le restamos valor a esas maravillosas preguntas, dudas, confusiones, intereses, preocupaciones que nos irrumpen en la mente y nos ocupan horas soñando un mundo mejor y quizás sintiendo que la vida y el dolor pesan tanto que imposibilita vivirla en esta pos modernidad materialista, agitada, llena de estándares de exigencia y calidad.

En los análisis post evento, exitoso o fracasado, nos empezamos a dar cuenta de signos a los que no le dimos valor ni importancia, cambios en la conducta: comienza a regalar objetos que aprecia a otros; cambios en la alimentación, en el sueño, en el consumo, incluso podemos verlos más contentos. El suicidarse no es siempre impulsivo, sino planificado.

Hay dolores invisibles, o quizá no queremos o podemos verlos, dentro de tantas acciones que son destructivas: somos un país líder en obesidad, en violencia intrafamiliar, maltrato en las parejas, horas de trabajo. ¿Sus consecuencias? Acoso escolar, acoso sexual, consumo de alcohol y otras drogas, soledad, negligencia, abandono, sobreexigencia, trastornos conductuales, trastornos mentales y especialmente depresión. Todos están ahí, frente nuestro, día tras día, pero ya no nos conmueve, lo normalizamos, especialmente en los adolescentes ya que es una etapa “complicada”, son aborrecentes.

El suicidio es definido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como el acto deliberado de quitarse la vida. Y los menores y adolescentes tienden a tener ideación, lo que casi se considera normal, en cuanto se ve en la muerte una forma de acabar con el sufrimiento y el dolor intenso que experimentan. A nivel mundial, la tasa de suicidio ha aumentado progresivamente en esta última década (REV. CHIL NEURO-PSIQUIAT 2013, articulo de revisión. Francisco Bustamante V. y Ramón Florenzano U., www.sonepsyn.cl). Nuestro país no ha estado ajeno a las estadísticas, ya que entre los años 1995 y 2010 la tasa aumentó de forma considerable, casi medio punto por cada 100.000 habitantes en la década de los noventa.

Lo que no se sabe o no se dice mucho, es que los suicidios son multifactorial, es decir, no hay una causalidad única, son un conjunto de factores que inciden en la percepción de dolor, sufrimiento y malestar psicológico que se corporaliza y manifiesta en cada persona de una manera particular. Según un interesante estudio de la Fundación Todo Mejora, podemos saber que las personas que sufren piden ayudan solos (79%) de quienes llamaron en el 2017-2018 a la Hora Segura, de ellos el 46% tienen entre los 15 y los 19 años, el 64% tiene sintomatología depresiva y el 79% indica presencia de acoso o maltrato.

¿A qué estamos llamados los adultos cercanos y/o significativos a niños y adolescentes?
A estar atentos, a observar y visibilizar a nuestros chicos, de manera preventiva. No minimicemos sus sufrimientos, visualicemos redes de apoyo ya sea a nivel local, nacional, como son las redes de salud mental y de atención primaria, profesionales de la salud y también hay organizaciones especializadas en el tema, por ejemplo la Fundación José Ignacio y la Fundación Todo Mejora. También está la plataforma Eduforics anticipando la educación del futuro, quienes trabajaron y crearon una guía.

Más que querer dejar de sufrir, enseñemos que el sufrimiento es un lenguaje del alma, en donde puede estar nuestro sentido. No le temamos a aquello que nos apela profundamente a ser comunidad, solidarios, manada.

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