Tenemos un «segundo» cerebro, ¡y es el intestino!

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Si tienes mariposas en el estómago al enamorarte y si «te ahogas» de nerviosismo… ¡no son ideas tuyas! Nuestros intestinos tienen una vida propia e influyen mucho nuestro día a día. De hecho, funcionan como un verdadero segundo cerebro.

Fuente: El Definido.

¿A quién no le ha dolido “la guata” (estómago) de los nervios? ¿Quién no ha sentido mariposas en ese mismo lugar, cuando aparece “esa” persona? Bueno, al parecer, no son sólo figuras retóricas, sino que tienen una raíz muy concreta en nuestra anatomía. Porque resulta que todo apunta a que nuestro intestino sería un segundo cerebro. ¡¿Un segundo qué..?! ¡Cerebro, les dicen! Y que no se les “apriete la guata” con esto, ¡que ahí vamos, aquí en El Definido, a explicarles por qué!

Los intestinos y el cerebro, unidos desde el nacimiento

Todos sabemos más o menos como crece un embrión humano, ¿cierto? Si hacen memoria, el óvulo fecundado se divide, y luego se multiplica muchísimo hasta convertirse en una especie de pequeño “aliencito” (esta apasionante rama de la ciencia, pesadilla de algunos estudiantes, se llama embriología – perdón Jan Langman por mi florido vocabulario).

Ese “aliencito” que todos fuimos, realiza algo llamado morfogénesis, donde las células se van ordenando, para ir generando las futuras partes del cuerpo. En general, todo lo que está en la parte de afuera de él, formará la piel y el sistema nervioso, lo que está en el centro, formará los intestinos y los pulmones, y lo que está entre ambos, pues los músculos y los huesos. Pero hay excepciones, y la más notable es la cresta neural…¿qué?

Es un pequeño pedazo del encéfalo primitivo del embrión, que se separa y se une al futuro intestino. Y desde ahí, empieza a crecer, y a crecer, de forma relativamente independiente, hasta formar algo llamado “sistema nervioso entérico” (¡yo tampoco tenía idea!).

El otro sistema nervioso, ¿de dónde vino?

Este sistema nervioso entérico, de hecho es el primer sistema nervioso que tuvieron los seres vivientes. Es decir, cuando los seres vivos eran muy, pero muuuy simples, había uno en especial que consistía en un simple tubo digestivo, y lo que pasaba por ahí, ¡ñam! era digerido. Y ese era todo su sentido: ser una guata viviente, por así decirlo. Como ven, muy simple (aunque algunos difieren).

Entonces, es ahí cuando surgió el primer sistema nervioso: se trató de neuronas alrededor del tubo o proto-tubo digestivo de este organismo llamado Urbilateria. Resulta que este «bichito», fue tremendamente exitoso, tanto, que todos los animales con simetría bilateral, descenderían de él. O al menos, los que tienen “dos” de todo: dos brazos, dos piernas, dos ojos. Entonces, es el abuelo ancestral de los peces, los caballos, los dinosaurios, los chanchos…

Además de heredar el rasgo de la bilateralidad, la madre naturaleza decidió sabiamente que heredásemos su sistema nervioso entérico. Sí, desarrollamos grandes cerebros, pero el tema de la comida era muy delicado como para que neuronas no especializadas se hicieran cargo, así que conservamos ese sistema nervioso aparte.

Charla TED: Herbiert Watske y su charla “El cerebro intestinal” (subtitulado en español).

El intestino “pensante”

Este sistema nervioso no es un montón de células desparramadas por aquí y por allá. No. Consiste en 100 millones de neuronas… un perro tiene 160 millones en su corteza cerebral, para hacernos una idea. Sí, exactamente las mismas que hay en nuestro cerebro. Además, tiene una red de células gliales que las alimenta, está diversificado y posee neuronas “comandantes”, que regulan por completo el proceso de digestión de los alimentos, y además, se coordinan con el sistema inmune para rechazar microorganismos y cuerpos extraños.

Este sistema nervioso produce sus propios neurotransmisores, y se estima que es responsable del 90% de la serotonina del cuerpo y la usa para causar el movimiento peristáltico, o sea para que avance la comida por el intestino. Además, genera también otros 30 neurotransmisores, como dopamina (el 50% de lo producido en el cuerpo), glutamato, noradrenalina… e incluso otras sustancias, ¡como la benzodiazepina! ¡Sí, el famoso calmante!

Ahora bien, la cosa se pone interesante, cuando consideramos que este sistema nervioso es muy sensible a las emociones. A eso, sumemos que el intestino puede funcionar en dos modalidades: por sí solo, y en conjunto con el cerebro. Uno suele tener la idea de que el aparato digestivo es básicamente una “tripa” controlada por el cerebro. Pero como vemos, no es así y además, en el nervio vago, que comunica al cerebro con el intestino, el 90% de las fibras nerviosas van desde el intestino al cerebro, y sólo el 10% en la otra dirección.

Y acá empezamos a ver el peso real de este “segundo cerebro”. Cuando tenemos mucho miedo, la serotonina inhibe la absorción de agua, y se produce diarrea (¡y no es chiste!). Pero eso no es nada: la situación en que se encuentre el sistema entérico, afecta al cerebro, y la forma en que procesa la información. Los impulsos en el nervio vago, inciden sobre el estado de ánimo y en el metabolismo del cerebro, siendo incluso utilizados como tratamiento contra la depresión.

Las “mariposas en el estómago”, son causadas por una hiperestimulación de las neuronas del sistema nervioso entérico. Además, hay varias enfermedades y condiciones mentales que aparentemente, tienen su origen o se relacionan con el intestino, y que uno no sospecharía: por ejemplo, en el Alzheimer, no sólo las neuronas cerebrales degeneran, sino que también las del intestino… y como es un campo no muy investigado hasta ahora, aún se desconoce el vínculo exacto entre ambos fenómenos. También se relaciona con el Parkinson y el autismo, aunque de una forma un poco inesperada que ya abordaremos.

Es interesante pensar que tanto en el Alzheimer como en el Parkinson (y en ocasiones en el autismo), las personas sufren de problemas intestinales con más frecuencia que el resto. De hecho, es característico que los trastornos intestinales, sean un preludio al Parkinson declarado.

Por otra parte, uno de los factores que inciden en la aparición del colon irritable, es el exceso de serotonina producida por el sistema nervioso del intestino. Incluso, al aplicar a ratones una droga que inhibe la emisión de serotonina en el sistema entérico, se vio que este influye en la formación de los huesos… pues los roedores de inmediato comenzaron a sanar de su osteoporosis.

Como para que nos vayamos haciendo una idea del poder de nuestro intestino… y tan humilde que se ve.

El Dr. en Psiquiatría Ted Dinan, nos cuenta la relación entre cerebro y los microbios intestinales. Gut Microbiota News Watch.

La flora intestinal, hermosa y desconocida

Si hablamos de nuestro intestino, tenemos que mencionar a sus habitantes estrella: la flora intestinal. Son más de mil especies, con miles de millones de bacterias (más que las células de nuestro cuerpo), que aportan 3 millones de genes (nosotros tenemos unos 20 mil), y que en conjunto, pesan 2 kilos. (¡2 kilos! OMG).

Estos habitantes, que hasta hace poco no habían sido explorados en profundidad, ¡tienen mucho que decir! Por ejemplo, son capaces de regular la producción de serotonina del sistema nervioso entérico, lo que afecta directamente nuestro estado de ánimo, y las decisiones que tomemos. En otras palabras, pueden enviar “señales” a nuestro cerebro y a nuestro intestino, respecto a lo que necesitan. De hecho, algunas especies de la flora intestinal se alimentan de neurotransmisores, y posiblemente influyan en nuestra respuesta ante el stress.

Y, aunque no se ha hecho el experimento con humanos, hace 6 años se encontró que al trasplantar la flora intestinal de una raza de ratones sin ansiedad, a otra caracterizada por ser ansiosa, pues… la segunda raza de ratones, ¡adopta el comportamiento de la primera raza!

También parece que inciden en el mal de Parkinson, y se tienen indicios de que quizás, esta enfermedad se origina por neurotransmisores inducidos desde la flora intestinal. Asimismo, se ha encontrado una relación directa entre algunos casos de autismo, y desórdenes en la flora intestinal. (Incluso hay casos en que la aplicación de ciertos antibióticos, ha disminuido los síntomas… PERO, en otros casos, los ha incrementado. ¡Así que mucho ojo!).

Por si eso fuera poco, la flora intestinal tiene marcados efectos en la ansiedad, la depresión y los estados de ánimo, como indica este paper. De hecho, desde hace un tiempo ya se habla del eje cerebro-intestinal.

Este tema ha sido considerado tan relevante, que entre 2008 y 2013 se desarrolló el Proyecto Microbioma Humano, que se considera una extensión del Proyecto Genoma Humano, y cuya intención fue tanto caracterizar genéticamente a la flora intestinal, como determinar sus relaciones con los distintos sistemas orgánicos del ser humano. Lo primero, se consiguió con creces. Lo segundo, aún está en etapas muy preliminares. De hecho, este campo de investigación se encuentra aún en desarrollo, y aún queda mucho por averiguar.

¡Ojo con el intestino!

Que el intestino tenga esa cantidad de neuronas, lo cambia todo. Implica que si tomamos algún medicamento, debemos considerar sus efectos secundarios desde un punto de vista neurológico: Por ejemplo, si tomamos fluoxetina, se alivia el “tránsito lento”, pero si tomamos un exceso, este vuelve. Estas cosas, hacen que dejemos de ver a esa parte de nuestro cuerpo, como “ese lado feo del que nadie quiere hablar”. Si sus neuronas hasta tienen ciclos de 90 minutos de sueño, ¡igual que nuestro cerebro! Y si uno tiene un ciclo anormal de REM, esto también suele reflejarse como problemas intestinales.

El intestino, además, es capaz de aprender. De hecho, se puede entrenar a nuestro intestino para que tenga actividad siempre a la misma hora.

Entonces, si bien no “piensa” realmente, afecta de manera profunda algo tan esencial, como nuestro estado emocional y sensación de bienestar. Todo esto abre un campo enorme tanto a la investigación científica, como a nuestra vida cotidiana.

Por el lado de la investigación, dado que la flora intestinal afecta nuestro estado de ánimo e incide en enfermedades mentales, quiere decir que se abre todo un campo nuevo para tratamientos. Lo que a su vez, trae de la mano, como siempre, algunos problemas éticos: ¿quién responde si un tratamiento trastorna por completo el cerebro de un paciente? ¿quién garantiza que las reacciones en animales, serán las mismas que en seres humanos, siendo que tanto el ambiente como el organismo huésped son distintos? Y, Salfate mode: ¿se prestará esto para alguna variante del control mental, a través de la alimentación?

Desde la perspectiva de la vida cotidiana, nos hace pensar que hay alimentos que podrían incidir en nuestro estado de ánimo, al estimular la producción de ciertos neurotransmisores, e inhibir a otros. Asimismo, nos muestra que la vida emocional, tiene un papel mucho más grande en nuestra salud general, que lo que usualmente se suele pensar. Quizás es por eso, que en muchas tradiciones ancestrales, se considera al plexo solar y sus alrededores, como un lugar sagrado del cuerpo. De hecho, para los japoneses, existe el llamado centro hara, y el “hara-kiri” consistía precisamente en cortar ese centro, considerado por ellos como el centro de gravedad del cuerpo.

Entonces, todo lo que consumimos, si tiene efectos en nuestro cerebro, posiblemente tenga efectos en el intestino. O sea, si nuestro cerebro se puede hacer adicto a la cafeína, o a la morfina, ¡nuestro intestino también! Y si consumimos algo con efectos psicotrópicos, nuestro intestino puede alucinar… ¡literalmente!

Así que cuidemos nuestras emociones, y enfrentemos la vida con tranquilidad, porque no es nada que nuestro cerebro se estrese: lo peor, es que nuestro intestino también lo hace, y eso sí que puede ser nefasto, ¿no creen? Me despido, ¡muchos saludos… y mucho relax!

 

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