“Un día que me di cuenta que había nacido profesora”, por Macarena Celume

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BLOGEntonces, después de que le pegó a un compañero y me tiró el pelo mientras gritaba, me di cuenta de que lo amaba. Esa personita, lo único que quería y necesitaba, era ser escuchada y valorada. No le grité, tampoco me enojé, simplemente lo abracé, se calmó y lo escuché cuando empezó a hablar. Ese día descubrí lo que tenía que hacer. Acompañarlos cada día, escucharlos, verlos, estar presente y disponible. Ese día decidí educar, no contenidos, educar emociones. Enseñar a aprender aquello que nadie enseña: Qué hacer con todo eso que está sintiendo. Ese día me enamoré de los niños, de todos y entonces decidí acompañarlos el resto de mi vida.

Y soy tan feliz cuando hago clases, cuando los niños se expresan, cuando se conectan con el mundo. Los amo desde el primer día que los veo, son un tesorillo, los adoro, los quiero tanto que a veces pienso que son mis cachorros. Y veo sus ojitos bellos, sus problemas, sus penas, todo es tan importante para ellos… y eso debiéramos hacer como pedagogos, acompañar, estar presente, escuchar, darle importancia a los detalles que ellos necesitan.

Los adultos olvidamos mientras vamos creciendo, que cuando teníamos su edad las cosas que nos aproblemaban eran muy importantes, que las emociones que sentíamos eran tan reales, las penas eran profundas, las alegrías, los miedos, la rabia. Y en lugar de darles espacio, crecemos y olvidamos que estos niños también sienten esas mismas cosas.

Esa es nuestra misión, acompañarlos, ser un apoyo cuando ellos lo quieran y necesiten, estar a su lado para contenerlos, para celebrar sus logros y cimentar el camino para descubrir que son seres hermosos y entregarles las herramientas para que sientan paz, fuerza y coraje para ir por sus sueños.

Los amo, a todos, absolutamente a todos.

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