Un grillo en la noche, por Cristián Warken

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“Gracias, grillo amigo, compañero de tantos cansancios, dudas, encrucijadas. Gracias por no abandonarme en medio de mi pieza llena de libros, pero vacía de respuestas…”

grilloTodas las noches, después que ha finalizado una cansadora jornada más y el día parece “terminado” (qué adjetivo tan tremendo para decir que se acabó), soy recibido en mi biblioteca por el sonido de un grillo que desde algún rincón emite señales leves y cantarinas. Probablemente él no sabrá que un ser de otra dimensión y naturaleza que la suya escucha su canto como señal de esperanza. El grillo no sospecha que un gigante de un vertiginoso y acelerado reino de gigantes solo espera la noche para buscar en ese canto un consuelo. Porque ese canto tan leve y sutil se ha ido convirtiendo en mi puerto, en mi remanso. Cuando no escucho al grillo en la noche, siento que algo esencial me falta antes de entregarme al sueño; el canto del grillo me salva del insomnio, la terrible resaca de un mal día.

De todos los sonidos, ruidos, gritos, discursos que mi oído recibe diariamente, este canto es la música más frágil y a la vez más auténtica de todo el universo. Entre tanto mensaje tonto, inútil, que millones de autistas touch se envían todo el día, solo me interesa hacer wasap con este grillo. Me parece un milagro que todavía haya grillos en nuestra ciudad. Ellos son tal vez el único contacto que tenemos con una naturaleza perdida.

Un solo grillo, un grillo solitario es el que me llama, el que me interpela, como esos desconocidos de los bosques del sur que silban en la noche. Gracias, grillo amigo, compañero de tantos cansancios, dudas, encrucijadas. Gracias por no abandonarme en medio de mi pieza llena de libros, pero vacía de respuestas. Gracias por enviar señales luminosas en una selva de extravíos. Gracias por estar aquí, ahora, en este instante de mi vida para recordarme que este no volverá a repetirse nunca más ni aquí ni en ninguna otra galaxia.

No sé tu nombre, ni he querido investigar más de ti, de la naturaleza de tu canto, de los hábitos y comportamientos de tu especie, porque nunca me he acercado a ti con curiosidad de entomólogo. Tú no eres para mí un insecto más, sino un corresponsal de una delicadeza, de un consuelo, de una paz que parecen irremisiblemente perdidos en esta tierra. Tu persistencia en la noche, tu empecinamiento en emitir señales cuando todo es silencio me conmueve.

A veces me dan ganas de tirarme al piso y acercarme a ti, cerrar los ojos y entrar en tu dimensión, en tu soledad, en tu secreto. Es en los momentos en que me siento prisionero en un mundo desmesurado, estridente, sin cortesía ni música. Un mundo del que desaparecieron la gratuidad y el cuidado, un mundo sin contemplaciones. Vivimos rodeados de gente muy ruda y torpe, atolondrados mamíferos que se hacen zancadillas unos con otros, que se insultan en las calles, que se soportan apenas. Un mundo en que nadie como tú se detiene a cantarle a otro semejante una canción. Un mundo de destrucciones y fanfarrias, un mundo donde ya nadie juega con las pompas de jabón, ni sopla las flores que llevan al aire mensajes, ni silba ni agradece. Yo siento que cada vez que emites tu sonido, agradeces. Y al agradecer tú al puro hecho de existir tu existencia tan efímera -más efímera que la mía-, siento un deber, un imperativo: yo también debo agradecer y cantar. Cantas y después viene el silencio, viene por primera vez.

Mañana empezará otra vez el mundo con su tráfago infernal, con su desaliento estridente, y yo, como tantos millones, entraré en la vorágine sin fin. Pero te recordaré en los momentos de mayor angustia, zozobra y estrés. Cerraré los ojos en cualquier esquina, y evocaré tu canto, lo traeré a mi lado, para que sea mi escudo, mi espada de luz, mi estrella para avanzar entre las sombras de un mundo grosero y hostil.

Grillo: no dejes de cantar en la noche, no me abandones a mis propios monstruos, a mis monólogos sin sentido, a mis alucinaciones.

Hermano mío, compañero de la misma extrañeza (la de ser), pequeño gran auriga de la verdadera patria (la de lo pequeño y hermoso), de la que se autoexilió para siempre el hombre.

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