Uniforme escolar, un traje a la medida de los tiempos

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tema-1-1-900x520La evolución de los uniformes escolares en Chile está estrechamente ligada a los cambios culturales y a las estrategias de aprendizaje que se van desarrollando dentro de los espacios educativos en el tiempo. Fueron creados para, como su nombre lo dice, uniformar cuerpos y borrar diferencias entre estudiantes en una época en que estas eran mucho más evidentes. Hoy responden a un modelo de enseñanza inclusivo y experimental. Aquí un recorrido por su historia. Por Patricia Morales en Revista Mujer A diferencia de lo que ocurre en países como Francia y Estados Unidos, en Chile son escasos los colegios donde no se estila usar uniforme. “Esta práctica, aceptada a regañadientes en la adolescencia, sintetiza la necesidad de disciplinar cuerpos en formación para adecuarlos a un perfil promedio, borrando las diferencias entre los estudiantes”, explica la historiadora Pía Montalva en su libro “Apuntes para un diccionario de la moda”. El vestón y el jumper, ambos azules, se transformaron así en un emblema de la vida escolar chilena en buena parte del siglo XX. Anterior a eso eran muy pocos los niños que usaban uniforme y los otros, la mayoría, básicamente se vestían como podían. “Estamos hablando de una época en que la infancia era muy precaria en el país. En el siglo XIX, en general, y a excepción de grupos muy reducidos que pertenecían a las élites, los niños tenían muy poco acceso al vestuario y lo que disponían era poco acondicionado a las características de la infancia. Incluso si uno mira algunas imágenes de la época, es posible ver que andan con ropa que les queda grande, que está rota, en malas condiciones… en este contexto exigirles a los padres un uniforme era un sinsentido”, cuenta María Isabel Orellana, directora del Museo de la Educación Gabriela Mistral.

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San Antonio, 1973. Dos años después de la incorporación del pantalón en el uniforme de las niñas. Al comienzo la indicación era usarlo debajo del jumper.

A comienzos del siglo XX, una de las primeras tareas que el Estado se atribuyó, en relación con la educación, fue organizar una nueva rutina escolar que regulara las actividades cotidianas y los hábitos de las y los estudiantes. El uso del uniforme fue uno de los elementos que configuraron esta nueva rutina. Se introdujo en 1931, en el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, quien impuso que las instituciones de educación primaria y secundaria debían establecer obligatoriamente tenidas uniformadas para los estudiantes. “Se dictó un decreto que básicamente se refiere al uniforme de las mujeres, que siempre hemos sido a las que más se nos ha regulado el cuerpo, en la escuela y en todos lados. Una de las indicaciones, en ese momento, era que tenía que ser ropa austera y de telas no muy llamativas; pero no hubo un consenso sobre el resto de las características de dichas prendas”, cuenta María Isabel.

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Estudiantes de la Escuela Normal N° 1 de Santiago, en 1954. Las escuelas normalistas siempre tuvieron su propio uniforme. En esta época era falda y chaqueta, que coincidía con el traje sastre que se usaba mucho por esos años.

La llegada de los pingüinos Cuando sí se produce un cambio significativo en el vestuario de los estudiantes es con la reforma educacional de 1965 del presidente Eduardo Frei Montalva. En ella se establece un uniforme escolar único para todas las instituciones educacionales, fuesen públicas o privadas. Para los hombres, pantalón gris con camisa blanca, originalmente, que después varía y puede ser celeste o blanca, y la chaqueta que en un comienzo era de lanilla y sin solapa, hasta fines de los 80, cuando cambia por el vestón que hasta hoy se conoce. En el caso de las mujeres, el jumper, que en un comienzo llevaba una falda tableada y cinturón.“Unos años más tarde su estructura se simplifica. Adquiere una línea acampanada con el objeto de bajar su costo en el mercado y hacerlo aun más asequible”, explica Pía Montalva en su libro. Y agrega: “Ante la homogeneidad imperante, cada establecimiento se las arregla para mantener visibles los ‘valores’ o ‘principios’ que lo inspiran, mediante la insignia bordada que se fija al lado izquierdo del pecho”.

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Centro de Alumnas del Liceo de Niñas Nº 11, en 1965.

La escuela tradicionalmente ha tratado de que todos actuemos y nos veamos de la misma forma, y en ese sentido el uniforme es un símbolo visible y muy potente. “Es cierto que de su uso se desprende la idea de querer minimizar las diferencias naturales que tenemos como individuos, pero también tiene una razón positiva: invisibiliza las diferencias cuando estas son odiosas y dañinas, como en el caso de la pobreza”, dice María Isabel Orellana. Y agrega: “Se trata también de un tema cultural. Las personas o nos autorregulamos o nos regula alguien, y en Chile, quizás por un tema histórico, siempre hemos escogido que alguien nos regule. Distinto es el caso de los colegios con educación alternativa, que vienen desde otros países, por ejemplo los Waldorf. Ellos no van con uniforme porque dentro de su enseñanza está el concepto de la autorregulación y autodisciplina, que es muy distinta a la mayoría de la educación chilena”.

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Grupo de alumnas del 2° año A de la Escuela Normal N° 1, en 1940.

Adolescencia, lucha y rebeldía Hasta quinto o sexto básico seguramente mantener el uniforme tal como está pensando y diseñado desde el Ministerio de Educación o los reglamentos internos de cada colegio es sencillo, por supuesto obviando lo sucios que pueden llegar al final de la jornada. Pero entrada la adolescencia, el momento en que queremos diferenciarnos de nuestros pares, la cosa cambia y aparecen las pulseras coloridas que destacan al lado del azul marino, las zapatillas de moda, o los nudos de las corbatas, que bajan del cuello al centro del pecho. “La vestimenta escolar, al igual que la militar, incluye además una normativa que define su uso e impide a los jóvenes personalizar su apariencia, sin embargo esto nunca se cumple al pie de la letra”, dice la historiadora Pía Montalva.

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Grupo de alumnas del Liceo de Niñas N° 11, en 1959.

A pesar de tener la restricción del uniforme, los jóvenes buscan seguir patrones de moda, como lo que ocurre con la irrupción de la minifalda en el país, hacia 1967, que llevó a las jóvenes a buscar distintas estrategias para acortar sus jumpers, que por reglamento no debían sobrepasar los 5 centímetros arriba de la rodilla. Algo similar, pero con una connotación histórica mucho más importante, es lo que pasa con la incorporación del pantalón en el uniforme de las mujeres en 1971. “Este hito es muy relevante como fruto de una demanda de igualdad en esa época y se asocia a un momento en el que se masifica también el uso de esta prenda en la sociedad en general”, explica Pía. Y agrega: “Los argumentos en favor de esta inclusión apuntaron hacia la protección de la salud de las estudiantes: ¿por qué las mujeres tenían que pasar frío en invierno y los hombres no?”. Así su uso se masifica, sobre todo en los meses de invierno, y con ello comienza lentamente la transformación del uniforme ‘pingüino’, de la mano de los cambios culturales y las nuevas estrategias de aprendizaje dentro el aula.

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Elección de reinas en el Liceo Santa Teresita de Llolleo. Octubre de 1974.

Nuevos tiempos En 1996, un decreto ley firmado por el presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle suspende el uso de un único uniforme escolar obligatorio en los establecimientos reconocidos oficialmente. El objetivo es “impulsar una gestión educativa más autónoma y que los colegios tengan la posibilidad de representar en su vestimenta características propias de su identidad institucional”, explica Pía Montalva. Cada escuela entonces podrá implementar un uniforme, siempre que sea económico y no ostentoso. Los colegios privados son los primeros en adoptar este modelo, “seguramente porque las familias que van a esos colegios tienen los recursos para cambiar el uniforme de un año para otro”, explica Pía. Así el jumper se empieza a reemplazar por faldas tableadas inspiradas en los colegios privados ingleses; poleras blancas con cuello tejido a rayas que replican los colores de la pollera y chalecos estilo cárdigan con bordes también a rayas y en los mismos tonos.

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Entrega de velas benditas en el Colegio Argentino del Sagrado Corazón. Providencia, 1992.

Hoy hay colegios emblemáticos que mantienen el uniforme tradicional, pero ya en varias escuelas públicas el uniforme pasó a ser una falda y una polera. Incluso en noviembre de 2017, el Ministerio de Educación anunció que enviará un oficio a los establecimientos educacionales recomendando sustituir las camisas, faldas y pantalones por buzos. “En términos prácticos sería sumamente interesante una medida como esa, porque también tiene que ver con las estrategias de aprendizaje. El uniforme clásico respondía a un momento en que el trabajo en equipo no existía. Lo mismo ocurría con el mobiliario, unos pupitres pesados, muchos de ellos atornillados al piso, porque a nadie se le pasaba por la cabeza que los dieran vuelta para trabajar en grupo”, explica María Isabel. El uniforme escolar históricamente ha respondido a modelos de enseñanza que se van generando al interior de los espacios educativos. Hoy seguramente el buzo es mucho más apropiado que un uniforme con una chaqueta, y en el caso de las niñas con un jumper. Veremos qué ocurre más adelante.

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Cuarto Básico del Colegio Argentino del Sagrado Corazón, Providencia, 1991.

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